domingo, 1 de diciembre de 2013

Capítulo 1 Sohra: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Tras haberme desecho de todo ese verdín por el que fácilmente me podrían haber confundido con el monstruo de los pantanos, salí de la ducha, y con el albornoz, me dirigí hasta el salón, donde el cuadro más grande sin duda era el gran ventanal que ocupaba toda la pared y desde el cual podía divisar todo el paisaje urbano.


Aún cayendo las gotas de agua por mi frente, estaba totalmente inmersa en mis pensamientos, haciendo recuento de todo lo que me había sucedido en este último tiempo.





Recordaba mi entrevista de trabajo con el director de Mad&Art, Roger, quién me preguntaba sobre mis aficiones y sonreía cada vez que miraba las diapositivas de mi trabajo.


-Te gustan los paisajes, ¿verdad?- recordaba la agradable voz de Roger, que medía con lupa cada una de las fotografías del álbum.
-Sí, intento reflejar diferentes emociones y estados de ánimo con los paisajes. También me gusta hacer perspectivas con edificios, sobre todo si son antiguos. Se puede jugar mucho con el enfoque hasta darle tal ángulo a la fotografía, que cuando la ves, ella misma te cuenta una historia. -Dije convencida de mis palabras. En ese momento había dejado entrever a la verdadera Sohra.

Una mujer que podía hacerle frente a todo, una mujer con los pies en la tierra, que amaba su trabajo y que tenía mano para extraer cada ápice de los sentimientos más viscerales de cualquier cosa, por nimia que fuese, ya que ella misma es muy visceral. Demasiado voluble, demasiado imprevisible. Era algo que la hacía completamente diferente del resto.
Aunque más de una vez, su temperamento impulsivo y explosivo le había jugado alguna mala pasada.


-Es cierto, por eso quiero que te embarques con nosotros en este proyecto, ya que el cliente quiere ese enfoque y ese toque que le das a tus fotografías para que desarrollen por sí mismas una acción.
A pesar de simplemente ser una revista fotográfica, Mad&Art quiere expandir sus horizontes y por qué no, hacernos hueco en distintos campos, tengan o no que ver con la fotografía.
Y ahí es dónde entras tú, Sohra; -dijo cambiando el tono e inclinándose ligeramente sobre su escritorio acercándose a mi. -Necesitamos que estas fotos sean el puente hacia el mundo del diseño arquitectónico. Queremos que este proyecto desemboque en un contrato de publicidad vitalicia para con la firma de arquitectos con la que vamos a trabajar.


-No sé si le estoy entendiendo del todo, -dije explicándome,- ¿Quiere decir que las fotos serán una especie de proyecto publicitario de la firma?.


-Eso es. Eres muy lista niña, -dijo ofreciéndome una ligera sonrisa. - En nuestra revista haremos un maxi reportaje sobre la arquitectura antigua y moderna de Corea, incluyendo la influencia que ha tenido en la arquitectura moderna del país y la fusión de ello para la elaboración de nuevas infraestructuras. Y la firma YangHwa nos ofrece un jugoso beneficio por hacerles publicidad. -Hizo una breve pausa y después su tono se volvió contundente.- Ahí es donde entras tú. Necesitamos fotos que sean impresionantes, que cuando el lector las vea diga, «¡Quiero ir allí!». Por eso cuando Francis me dijo que conocía alguien con ese tipo de capacidad, no lo dudé ni un segundo.


-Me siento alagada.-dije regalándole a Roger una sonrisa dulce de esas que ya tenía practicadas. No me salía hacerme la tímida, pero ese tipo de gestos ganan batallas. Como Rhea y Anne solían decirme, no subestimes el poder de un leve gesto.
Siempre había pensado que no tenía sentido, hasta aquel preciso instante y no me arrepiento de haberlas ensayado junto a ellas tantas veces, pero aunque cueste creerlo, era a Anne a quien peor se le daba hacerse la dulce. Tiene demasiado genio -me decía a mi misma en voz baja mientras sonreía y dirigía mi vista hacia otro punto de la ciudad, sin escapar de mis recuerdos.


Recordando las horas que habíamos estado buscando piso, buceando en páginas en coreano, en las que nos defendíamos, pero que a veces nos costaba descifrar. Y nuestras pausas para el café, en las que Rhea nos contaba las mil y una maneras de torturar al imbécil de Alexis, al que yo misma había querido patear la cara más de una vez en vivo y en directo. Estaba segura de que lo más desestresante que podía pasarme en ese momento era tener de frente a ese idiota y darle una paliza. -Oh, sí… eso sería genial.- Seguía con mi soliloquio.


Y semanas después estaba despidiendo a Rhea y a Francis en el aeropuerto, queriendo llevármela conmigo y seguir como las tres mellizas en Seúl junto a Anne, que nos tenía tan intrigadas con ese tal Jin hyuk. Aunque ella nunca lo reconocería abiertamente, -más risotadas se hicieron eco en el silencio del apartamento.


Aunque por otro lado, en mi caso, me tenía de lo más intrigada con este personaje, con todo lo que había ocurrido con su padre. Toda esa historia parecía sacada de «mentes criminales».


Pero bueno, ese día en el aeropuerto no era un adiós, estaba totalmente segura de que nos juntaríamos las tres allí y todo volvería a ser como antes. Empezando de cero, pero con ellas de la mano.


Volviendo a mi realidad, el frío empezó a colarse en mi cuerpo y me despertó de mis recuerdos y cavilaciones.
Empezaría pronto a trabajar en las fotos a disposición de la firma YangHwa, me pagarían un buen sueldo, vería a Anne pronto y olvidaría al idiota del estanque.


El idiota del estanque…
¿Qué se le habría pasado por la cabeza para empujarme al estanque?-agite la cabeza de un lado a otro intentando sacarle de mi mente, pero estaba tan confusa y cabreada, que al igual que Rhea con Alexis, ideaba más de mil y una formas de torturarle.


En fin, no tenía caso seguir pensando en él. De repente, mi móvil empezó a sonar. Casi haciendo una gymkana para cogerlo, escalé el sofá hasta llegar a la mesa del recibidor donde estaba. -¿Diga?, ¿Hola?.-La voz de un hombre estaba al otro lado del auricular.
-Hola, ¿Es usted la señorita Van Timmerman?,- preguntó muy educadamente.
-Sí, soy yo, ¿Quién es?.
-Oh, encantado de hablar con usted. Soy Yang Tae Sung, de la firma YangHwa.
-Hola, encantada de saludarle, señor Yang, dígame, ¿en qué puedo ayudarle?.
-Siento llamarla a estas horas. El director de Mad&Art me facilitó su número de teléfono para que pudiéramos comunicarnos con más prontitud, ya que el tiempo apremia. Verá, ya hemos iniciado nuestro proyecto de difusión y nos gustaría que visitase nuestra oficina y el equipo con el que va a trabajar.
-Muchas gracias, me parece perfecto, ¿Cuando le vendría bien, señor Yang?.
-Como valoramos mucho nuestro tiempo, querríamos perder el menos posible, -dijo con un tono un tanto petulante. -¿Mañana a las 9:00 de la mañana le parece bien, señorita Van Timmerman?.
-Sí, no hay ningún problema, si es tan amable de darme la dirección esta…-me cortó de forma tajante.
-Un coche de nuestra empresa irá a recogerla a su domicilio, Roger también nos ha dado su dirección así que a las 8:45 tendrá un coche esperándola allí.
-Perfecto entonces.- dije con una voz un tanto más rasgada, ya que la voz de aquel tipo sonaba un tanto condescendiente.
-Buenas noches señorita Van Timmerman.
-Buenas noches.


Era la conversación telefónica más áspera que había tenido en la vida.
Ni siquiera hablaba así con mi madre, y eso que el 99% de las veces hablábamos para discutir.


Finalmente me acosté, esperando que el día de mañana fuese mejor que el que acababa.


A la mañana siguiente, mientras me restregaba los ojos, caminaba hacia el baño intentando no comerme la puerta del baño de pleno.
Tras el aseo general, me tomé mi chocolate calentito, y fuí hacia el armario. Era increíble ver como incluso antes de mudarme a Seúl, ya había contratado una asistenta, y un equipo de personal shopper me había llenado el armario de ropa bonita de acuerdo a mi.
-Estos coreanos- dije en voz baja.


Bien, rebuscando entre las perchas, encontré una falda de tubo negra, con una blusa vaporosa blanca y una americana verde botella de tonalidad media. De zapatos escogí unos monísimos mocasines de tacón negros.


Ya casi totalmente preparada, metí la blusa por dentro de la falda, y me puse un collar a juego.
Vestida y maquillada, como mis compañeras de la revista de moda me habían enseñado, -todo se pega- dije en voz alta, me puse unas gotas de perfume, cogí el móvil, llaves y demás, lo metí en la cartera y salí de la casa.


Me sentía plena, esa mañana me había levantado eufórica y con ganas de comerme el mundo.


En la puerta del edificio estaba el chofer esperando por mí, que cuando me vió aparecer casi pierde la barbilla de tanto abrir la boca.
Vale, sonará vanidoso y superficial, pero es cierto que me hacía sentir poderosa provocar ese efecto. Elegantemente, subí al coche y el chofer cerró la puerta con cuidado.


[...]


-Ya hemos llegado señorita, -dijo antes de parar el coche y bajarse para abrirme la puerta.


Al bajarme del vehículo, el chofer me indicó el camino hacia la puerta principal del edificio, y con paso decidido me abalancé hacia él.


Una vez dentro, el señor Yang me reconoció de inmediato, ¿por qué no iba a hacerlo?, era la única rubia natural de ojos azules que se encontraba en el edificio, -pensé divertida.


-¡Señorita Van Timmerman!, -dijo amablemente.
-Encantada de conocerle, señor Yang. -dije ofreciendo al anfitrión una elegante reverencia.
-Vaya, habla usted muy bien  mi idioma. ¿Había estado ya antes en Seúl?
-Muchas gracias. -contesté con una sonrisa. -No, nunca había estado antes en Corea del sur. Estudié el idioma en Vancouver gracias a una amiga.
-¡Estupendo!, venga, señorita, quiero presentarle a alguien.


Emprendimos la marcha hasta un hall donde había un joven esperando de espaldas a nosotros.
-Señorita, Van Timmerman, este es mi hijo, Yang Tae Sung.


El joven se giró para saludarme, yo incliné la cabeza para saludarle debidamente y cuando levanté la vista para mirarle…





-Encanta…- Mi sorpresa fue descomunal al ver que el hijo del señor Yang, el hombre con el que había hablado anoche y el idiota que me empujó al estanque para divertirse eran la misma persona. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y mi expresión cambió al instante al igual que la de él. -..da. soy Sohra Van Timmerman, de Mad&Art. -dije secamente.


Él tampoco sabía donde meterse, pero con la chulería que ya conocía, irguió el cuello y mirándome con una ligera sonrisa de burla socarrona, se inclinó un poco y dijo.

-Encantado de conocerla señorita.

¿Qué he hecho yo para merecer esto?,-pensé.

No hay comentarios:

Publicar un comentario