Los días que siguieron al anuncio de que sería la encargada, en persona, de llevar el proyecto en Seúl fueron una locura. Las reuniones se sucedían una detrás de otra y apenas tuvo tiempo de hacer su visita mensual a su madre. De todas las personas a las que se tuvo que enfrentar, aquella seguramente fue la peor. La madre de Rhea podía ser excesivamente sobreprotectora y no veía nada bueno en que su pequeña se fuera a Corea. Aquello había llevado a una de las discusiones que madre e hija solían tener prácticamente cada vez que se encontraban.
Estaba claro que se llevaban muchísimo mejor cuando estaban cada una en su casa. Sin tener más contacto que las llamadas por teléfono semanales o algún que otro mensaje o mail. En cierta manera, la conversación con ella había hecho que Rhea olvidara cualquier tipo de rechazo de marcharse dejando a su madre atrás. A fin de cuentas era su vida y tampoco era como si fuera allí para el resto de sus días. Seguramente serían por unos pocos meses. Un año como mucho. Después volvería a Vancouver con un sitio mejor posicionado y con mayores ventajas monetarias.
Si es que todo iba bien, por supuesto.
Sabía, por los mail intercambiado y los mensajes de texto, que tanto Sohra como Anne estaban ya establecidas en Seúl. Era curioso cómo habían terminado las tres con un mismo destino. En una misma ciudad. Otra vez. En cierta manera a Rhea todo aquello le parecía extraño, como si hubiera hilos que tiraran de ellas hacia ese lugar, pero por otro lado su mente racional le indicaba que por motivos de trabajo era lo más normal que hubieran terminado allí. Al menos Sohra y ella. El caso de Anne era algo que prefería no pensar demasiado porque se cabreaba.
Y pocos querían ver a Rhea cabreada de verdad.
Era la noche antes de que tomara el vuelo que le llevaría hasta Seúl. Otra mujer seguramente estaría histérica, nerviosa, tirándose de los pelos. Sin embargo, Rhea sabía que estaba todo perfectamente organizado. El billete de avión estaba en su sitio, las dos maletas que llevaba —una de mano y otra que tenía que facturar—, habían sido organizadas hasta el milímetro. Era Rhea y sus listas, Rhea y su tener todo planificado hasta el más pequeño de los detalles.
Iba a echar de menos su casa, por supuesto. Se había acostumbrado a su ático, sus vistas y su barrio. Vancouver era una ciudad, que a pesar de todo lo que pudiera discutir con ella, le encantaba. Era una ciudad cosmopolita y abierta al mar. Una ciudad con historia que iba más allá de lo que gente solía observar de ella. Rhea la había vivido y absorbido desde que era una cría. Era cierto que se había pasado temporadas lejos de ella, pero en cierta manera algo la llevaba de manera incesante a echarla de menos.
Con esos pensamientos, consiguió conciliar el sueño. Un sueño tranquilo y sin pesadillas. Hacía mucho, mucho tiempo, que no tenía esos sueños que se repetían de vez en cuando. Los suficientes como para poder descansar. Era hora de comenzar una nueva fase de su vida y sabía, instintivamente, que había algo que estaba más allá de su control. Algo que seguramente terminaría poniéndola de los nervios.
Alguien con nombre y apellidos.
~*~*~*~
El aeropuerto internacional de Vancouver era lo suficientemente grande como para que una persona pudiera perderse si así lo deseaba. Podía resultar extraño ese pensamiento, pero Rhea tuvo esa necesidad en el mismo momento que se acercó a la fila de facturación y se dio cuenta de la persona que tenía justo por delante de ella. Solo le hizo falta echar un vistazo a su espalda para reconocerlo. Respiró hondo mientras sujetaba con fuerza la maleta y rezaba mentalmente para que no se girara.
Desgraciadamente el hombre se giró y pudo notar la mirada azul en ella. Quizá lo que más escalofríos la provocó fue que no hubo ninguno de sus comentarios hirientes, nada que indicara que le había reconocido. Y sin embargo sabía que lo había hecho. Es más, cuando alzó la mirada se pudo encontrar con los ojos de Alexis clavados directamente en los suyos, provocando un nuevo escalofrío.
—Buenos días, Rhea.
Fue ese tono, aparentemente amigable, lo que hizo que la mujer se pusiera alerta. Su mente intentó recordar si había algún motivo para que él estuviera allí, pero lo cierto es que no lo había. No tenía ningún trabajo, hasta lo que ella sabía, que le hiciera volar hasta otro lugar. Es más, por lo que sabía, no tenía ningún proyecto nuevo al que dedicarse. Sin embargo estaba allí, en el aeropuerto, avanzando con una maleta al mismo ritmo que ella en dirección a la ventana de facturación.
—No sabía que tenías que viajar. —finalmente respondió la mujer, sabiendo que tenía que ser mínimamente agradable. No estaba de más la educación.
—En realidad yo tampoco hasta hace un par de días. —la sonrisa del hombre, esa sonrisa que provocaba que muchas de las mujeres que había a su alrededor cayeran a sus pies y que a Rhea le provocaba náuseas, se amplió. —Y parece que no sabes las nuevas noticias.
La mujer no quería entrar en el juego de él. Sabía que mostrar ignorancia era lo peor que podía hacer, pero en esos momentos no era capaz de encontrar un motivo por el que él tuviera que viajar y no era capaz de pensar de lanzarse un farol. Así que simplemente se le quedó mirando esperando una respuesta a fuera lo que fuera lo que tuviera en mente. El hombre se movió un paso hacia ella lo suficiente como para hacer que tuviera que alzar más el rostro hacia él si quería mantener su mirada en la suya.
—No te has librado de mí, Callahand…—el hombre se había inclinado, susurrando directamente en su oído. —El señor Park decidió que era mejor tenernos a los dos, en vez de solamente a tí, puesto que habíamos estado trabajando juntos. Así que… vamos los dos a Seúl juntos, ¿no crees que es una oportunidad perfecta?
Por alguna razón que no terminó de entender, Rhea sintió que lo que el hombre quería decir iba mucho más allá de la simple oportunidad de trabajar juntos. Es más, el escalofrío que sintió por la espalda le indicaba que tuviera cuidado. Entrecerró los ojos mientras observaba el rostro de Alexis, un rostro que conocía demasiado bien. Y fue cuando vislumbró algo en sus ojos claros que no había visto hasta el momento más que en un par de ocasiones. Fue solo un segundo, porque rápidamente desapareció y se camufló detrás de una sonrisa.
—Y de paso no tienes que adaptarte tú sola a ese mundo lleno de ojos rasgados, ¿no crees?
—Eso ha sonado muy mal, Alexis, ¿y quieres hacer negocios con ellos?
—Una cosa son los negocios, otra es lo que yo opine de forma personal. He estado más tiempo que tú con el señor Park y sus lameculos y te puedo asegurar que son unos auténticos gilipollas y a tí tampoco te caerán bien. —el hombre se acercó a la ventanilla mientras hablaba con ella. —Se creen superiores a nosotros, como si fueran la panacea y nosotros no fuéramos más que algo similar a sus criados. Te doy solo una semana para que termines hasta las narices de ellos y quieras volverte a Vancouver de nuevo con tu mamá.
—¿Es algún tipo de amenaza?
—¿Amenaza? —el hombre sonrió divertido y nego. —En absoluto, solo la realidad. Seamos claros y sinceros, Rhea… —mientras hablaba fue entregando los papeles y la maleta para que le facturaban, sin mirar siquiera a la mujer que estaba haciendo los trámites. —¿Qué vas a hacer tu sola en Seúl? ¿Sin Anne? ¿Sin Sohra? ¿Sin tu madre? Te vas a volver loca. Y no estás capacitada para el trabajo. No tienes la experiencia necesaria para cerrar un negocio de estas características.
—Te recuerdo que el trato está cerrado y que solo…
—Tonterías, Rhea, solo son tonterías. Vas a tener que lidiar con ellos de nuevo y esta vez estarás en su territorio. —tomó el resguardo y dejó que fuera ella la que comenzara con los trámites de facturación. —Vas a tener que apoyarte en mí y agradecerás que esté a tu lado… ¿y sabes algo?
Rhea solo le echó una ligera mirada, mientras terminaba de entregar los papeles, sonriendo ligeramente a la mujer que estaba al otro lado del mostrador. Se tomó los minutos que llevó todo aquello, antes de que tuvieran que ir en dirección hacia la puerta de embarque, para tranquilizarse.
—Eres un exagerado Alexis. —miró al hombre mientras entregaba su billete y le daban por fin paso al avión. —Tengo todo perfectamente planificado y es imposible que salga mal.
—Pero… ¿qué harás cuando tengas que salirte de tus listas y de tus pasos perfectamente organizados? No sabes trabajar cuando te sale un imprevisto, eres demasiado rígida, los dos lo sabemos.
—No me conoces en absoluto.
~*~*~*~
El viaje en avión era largo. Rhea se había preparado para ello, pero sin embargo no estaba preparada para el desazón que las palabras de Alexis iban a dejar en ella. Como siempre, los encuentros con su exnovio, la dejaban para el arrastre. Sabía perfectamente dónde golpear y aunque Rhea era fuerte, no era de acero. De esa manera, la mujer no había podido poner en práctica nada de lo que había llevado para pasar el rato. Su mochila de viaje, puesto que un simple bolso no sería suficiente, estaba llena de papeles, libros y aparatos tecnológicos que hubieran hecho que las horas de vuelo fueran mucho más rápido.
Sin embargo, se encontraba mirando por la ventanilla con la cabeza ligeramente ida. A su lado se encontraba un joven oriental al que no había echado más que un vistazo. El hombre, que tenía el cabello largo recogido en una coleta, tampoco había hecho ningún ademán que le indicara que quería mantener conversación con ella. Y lo agradecía, por supuesto.
Hasta que llegaron las turbulencias. Estaban sobrevolando el Pacífico cuando entraron de lleno en una tormenta o eso le pareció a la mujer.
—Por favor, manténganse en sus asientos y póngase el cinturón de seguridad. —proclamó entonces la voz de la azafata. —No son más que unas turbulencias que acabarán en unos minutos.
Rhea no era amante del vuelo. Su mente racional se peleaba entre discutir si era posible que una armatoste de varias toneladas era capaz de mantenerse en el aire y de lo que había leído para asegurarse de que sí y que no había nada que temer. Había tenido que leer varios libros si quería ser capaz de montar en avión. Cuando era pequeña no tenía esos problemas y había tenido que hacerlo a menudo para seguir a su madre, pero en cuanto había crecido se había comenzado a plantear las cosas y así había acabado.
Con razones más que racionales para saber que había un porcentaje de posibilidad de tener un accidente. Tenías las uñas prácticamente clavadas en los reposabrazos y por durante unos segundos echó de menos que no fuera Alexis el que estuviera sentado a su lado. Miró en dirección hacia donde se encontraba el rubio, que parecía completamente tranquilo, y después negó para sí. Era mejor que no. Cada cual en su sitio y…
Cuando las turbulencias se hicieron un poco peores, Rhea tuvo que concentrarse en no gritar. En un gesto casi instintivo cerró los ojos y apretó con más fuerza el brazo de su asiento. Lentamente se tranquilizó lo suficiente como para abrir los ojos aunque estuviera completamente pálida y sintiera un ligero sudor que se perlaba su frente. Sabía que era todo algo irracional y ella odiaba esas cosas. Es más, por regla general siempre decía que era alguien sin miedo.
Pues tenía que retractarse de sus palabras en ese momento.
Rhea sintió que aquello era eterno aunque en realidad solo pasaron treinta minutos. En su mente fue muchísimo más tiempo. Lentamente salieron de la zona de tormenta y la mujer se fue relajando. Comenzó a ser consciente de las cosas y de su alrededor. En algún momento, había bajado la persiana ocultando la ventanilla, por lo que se movió para abrirla. Y finalmente comenzó a soltar la presión que había ejercido sobre el reposabrazos.
—¿Ya se encuentra mejor?
Rhea se giró hacia la voz profunda que le había hablado. Era el hombre oriental que tenía el asiento de al lado. Se encontraba perfectamente tranquilo y por un momento lo odió. Era como si aquellos minutos no hubieran significado nada para él mientras que ella se sentía desaliñada, como si hubiera estado corriendo una maratón. Era algo más subconsciente que otra cosa, porque no había sucedido nada para que fuera a estar de esa manera, pero su percepción eso le indicaba.
—Sí, muchas gracias.
—Entonces, ¿le importaría devolverme mi mano?
Rhea frunció ligeramente el ceño sin estar muy segura de a qué se estaba refiriendo. Entonces, cuando bajó la mirada hacia el lugar donde ambos asientos se rozaban se dio cuenta de algo: lo que ella pensaba que se trataba el reposabrazos, era en realidad la mano del hombre. La tenía sujetada con fuerza y estaba segura de que en más de una ocasión había incluso clavado las uñas. Las mejillas de la mujer comenzaron a ruborizarse sin poder evitarlo y apartó la mano como si le quemara.
—Perdóneme, por favor, no sabía que era su mano.
—No pasa nada, pero espero que llegue bien la sangre…—la miró y sonrió. Una sonrisa que hizo que el aire de Rhea se quedara en sus pulmones detenido y que fuera imposible de respirar con corrección durante unos segundos. —Tiene mucha más fuerza de lo que aparenta en un primer momento.
—Lo siento, de verdad, ¿cómo se lo puedo compensar?
—Me conformo con su nombre, por el momento. —el hombre se movió para tenderle la mano derecha. —Soy Park Jae Wook.
—Encantada, Rhea Callahand. —dijo la mujer estrechándosela con firmeza.
—Un nombre interesante. ¿Va a Seúl de vacaciones o por trabajo?
—Por trabajo, y también para reunirme con unas amigas. —lo cierto es que Rhea no solía hablar de esa manera con las personas que acababa de conocer, pero por alguna razón que no entendía, el hombre hizo que rápidamente se sintiera cómoda. Quizá fuera porque se sentía en deuda por la media hora que debía haberle hecho pasar sujetando su mano. —¿Y usted?
—Soy de Seúl, así que estoy volviendo después de unos días de vacaciones.
—¿Qué le ha parecido Vancouver? —preguntó la mujer con curiosidad observando al hombre que tenía a su lado. De todas las posibilidades que había abierto en su mente para pasar las horas de vuelo, sociabilizar con su compañero de asiento no estaba entre ellas.
—Es una ciudad con algo especial, no sé muy bien cómo explicarlo. He estado antes en Seattle, Los Ángeles y Nueva York, por ponerla un ejemplo, y son muy diferentes a Vancouver. —el tono era tranquilo mientras hablaba, ligeramente pensativo. Todo aquello le hizo preguntarse a Rhea a qué se dedicaría.
—No es una ciudad muy conocida, pero tiene su encanto. —el tono de la mujer cambió ligeramente mientras hablaba de su ciudad natal. —Aunque no todo el mundo sabe encontrárselo.
—Creo que lo he hecho, aunque tarde.
Cruzaron una sonrisa entre ellos, para después quedarse en silencio. Todavía quedaban varias horas en las que ambos podrían hablar si lo quisieran. Rhea, más relajada después de ese cruce de palabras y habiendo dejado a Alexis a varios cientos de kilómetros fuera de su mente aunque estuvieran en el mismo avión, consiguió centrarse por fin. Una vez más se puso a repasar toda la información que tenía del trabajo que iba a hacer en Seúl, llenando con rapidez todo de papeles y con la tablet.
Y así, un viaje que parecía que iba a ser eterno, se fue salpicando de anécdotas aquí y allá, de comentarios, de alguna que otra conversación y de una comida —aunque fuera de avión— compartida.
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