Había pasado una semana desde la reunión de negocios. Era sábado. Rhea por regla general no trabajaba los sábados. O al menos no lo hacía desde las oficinas de su empresa. Otra cosa es lo que hiciera en su casa. Muchos la considerarían una adicta al trabajo y lo cierto es que lo era. Sin embargo, por una vez, se encontraba en su casa haciendo otra cosa muy diferente: peleándose con páginas por internet para encontrarle un lugar dónde quedarse a Sohra antes de que se fuera a Corea. Ella y Anne le habían dicho que se irían. Por lo que la mujer, en esa forma tras planificadora que tenía, había decidido que las ayudaría en lo que pudiera.
Y, por otro lado, tenía la mente puesta en ese salto que podría significar que la dieran el trabajo de la fusión a ella. Aunque cada vez lo veía más lejos y más difícil. Sobre todo porque algo le decía que se estaba tramando a sus espaldas y que Alexis estaba en el centro del huracán para variar. Siempre se encontraba detrás de todo lo que significara hacerle la vida más difícil. Una vez más se preguntó si ella sería capaz de mover los hilos de la misma manera que hacía él y llegó a la conclusión de siempre: no.
A las ocho de la noche estaba agotada. Le dolía la espalda y los hombros. Después de mirar pisos, pelearse con un idioma que no conocía tanto como le gustaría y haber decidido volver a echar un vistazo a sus anotaciones sobre la fusión, había olvidado incluso comer. Estaba levantándose para irse a preparar algo para cenar cuando el teléfono móvil comenzó a sonar. Eso hizo que entrecerrara durante un segundo los ojos y frunciera los labios cuando vio el nombre en la pantalla.
—¿Sí?
—Apuesto mil dólares a que todavía no has cenado. —la voz de su ex se escuchó claramente al otro lado del teléfono. —Y no mientas porque sé exactamente cuando mientes y cuando no.
—¿Qué es lo que quieres?
—Darte una oportunidad de oro. He quedado con el señor Park para cenar dentro de una hora.
—Ajá. —el tono de Rhea sonó más seco de lo que hubiera querido. —¿Y eso qué tiene que ver conmigo? Está claro que estáis haciendo vuestros negocios a mis espaldas.
—Si no quisiera que te enteraras no te hubiera dicho nada. —a través del teléfono la mujer pudo escuchar el sonido de una puerta de un coche al cerrarse. —Prepárate. Estoy allí en media hora.
Sin darla tiempo a siquiera parpadear pudo escuchar cómo colgaba. Una maldición se dejó escapar de los labios de la morena al tiempo prácticamente que entraba en movimiento. Sabía que estaba entrando en el juego de él y no le gustaba lo más mínimo, pero de alguna manera sabía que podría tener una oportunidad. Por mínima que fuera.
Media hora de reloj después, Rhea estaba en el coche de Alexis el cual le echó una mirada apreciativa y asintió. Esa era una de las cosas que más odiaba de él: muchas veces creía que básicamente la tenía por un objeto bonito del que ser acompañado. Era como si la tratara como una “mujer florero” que eran tan típicas en el siglo XIX. Y en los anteriores y posteriores, por supuesto.
—Estás preciosa.
Ni siquiera se molestó en responder. Se puso el cinturón de seguridad y el coche se puso en marcha con rapidez. Se negó a hablar durante los primeros minutos aunque el hombre lo intentó con todas sus fuerzas: conversaciones banales que no llevaban a ningún lado. Finalmente se giró y le miró directamente. Reconocía que el perfil de aquel hombre le había vuelto loca en varios momentos de su vida, sobre todo esa zona de la mandíbula que se marcaba ligeramente.
—¿Cómo es que me has invitado a una cena con el señor Park? Es más, pensaba que se había marchado.
—En realidad se marchan el lunes tras dar el aviso de quién trabajará con ellos. —el tono era tranquilo mientras hablaba, las manos grandes y fuertes sujetando el volante. —Y te llamé porque creí que era conveniente que supieras de primera mano las noticias antes de que te sorprendieran en la oficina.
—Ya me imagino qué noticias son.
—¿No te vas a alegrar un poquito por mí?
Rhea no solía ser rencorosa, pero tampoco era una hipócrita. Se mantuvo en silencio y cuando se detuvieron delante de un semáforo rojo el hombre pudo ver la contestación en los ojos claros de ella. Eso solo provocó una pequeña sonrisa en los labios del hombre.
—Ya veo que estás entusiasmada con la idea.
Media hora más tarde, a las diez, se encontraban entrando en el restaurante de uno de los hoteles más caros de Vancouver. No tardaron mucho en localizar al señor Park, que como el día de la reunión estaba vestido pulcramente con un traje que a simple vista le hizo poner los ojos en blanco por un momento a Rhea: estaba convencida de que valdría más que lo que ella cobraba en un mes y no era que cobrara poco precisamente. Estaba en esta ocasión acompañado únicamente por uno de los hombres con los que le había visto ya varias veces por su compañía.
Junto con Alexis se dirigió hacia ellos. En un gesto educado inclinó la cabeza, encontrándose con la mirada del señor Park cuando volvió a alzar la mirada. No pudo evitar arquear brevemente las cejas cuando vio que desviaba la suya en dirección de sus hombros desnudos. El vestido que llevaba era sencillo, pero se ataba en el cuello y dejaba toda su espalda al descubierto. Era un vestido de fiesta que solo había tenido la oportunidad de ponérselo un par de veces. Llevaba el abrigo doblado pulcramente en el brazo derecho junto con el bolso. Y los zapatos de tacón eran más altos de lo que por norma general solía llevar.
—Habéis llegado a la hora. —dijo el coreano, como si eso le sorprendiera. —Vamos a la mesa.
La hora siguiente no fue nada del otro mundo: conversación superficial sobre Vancouver, sobre la situación en Corea y en Canadá, sobre los hoteles, sus impresiones sobre la ciudad y un largo etcétera. Rhea había tomado poco alcohol, una copa le estaba durando toda la cena. Sin embargo, podía ver cómo Alexis se ponía cada vez más contento y lo que eso significaba. Significaba que tenía que alejarse de él cada vez más en la mesa, que tenía que esquivar la mano que de forma disimulada se ponía en su muslo —y eso que el vestido negro llegaba por debajo de las rodillas— y moverse para que la mano que se apoyaba en el respaldo de su silla no fuera a su espalda a rozarla de forma disimulada que en vez de conseguir lo que él quería, provocaba verdadero asco en la mujer.
—Si me disculpan.
Habían terminado el segundo plato y estaban esperando el postre cuando no pudo soportarlo más. Con la excusa de ir al baño, tomó su bolso y se levantó realizando una pequeña inclinación de cabeza. Era eso o directamente volver a dar muestra una vez más de su genio. Respiró hondo mientras se dirigía hacia los baños intentando que no se mostrara su enfado en sus pasos.
—Gilipollas. — susurró para sí entrando en el baño y respirando profundamente.
Los minutos fueron pasando de forma lenta. Todavía no le entraba en la cabeza por qué había aceptado ir a aquel lugar cuando estaba más que claro que le iba a ocurrir algo parecido. Había tenido fe en que al menos sabría comportarse. Cuando alzó la mirada hacia el espejo que tenía delante estuvo a punto de soltar un grito de sorpresa cuando por el reflejo vio otra figura, oscura, justo detrás de sí. Se giró con rapidez para enfrentarse cara a cara con el señor Park que le miraba de esa manera que no tenía ni idea de cómo interpretar.
—Disculpe, pero este es el baño de señoras. —dijo Rhea con tranquilidad.
—No veo aquí a ninguna señora. —dijo él con tranquilidad, con ese inglés con acento que como la primera vez había encandilado a la mujer y que en cierta manera resultaba conocido. —Y vuelve a equivocarse, se encuentra en el baño de hombres.
Rhea miró más allá de él y entonces se dio cuenta de su error. No pudo evitar una mueca que quería decir algo así como “tierra trágame” y de forma casi instantánea sus mejillas se ruborizaron. Al volver a mirar al hombre pudo ver cómo sus labios se curvaban durante unas décimas de segundo en una sonrisa que la hizo sentir aún peor.
—Será mejor que me marche.
En esta ocasión no hubo inclinación de cabeza, sino que se dirigió hacia la puerta del baño con toda la dignidad que la quedaba. Sin embargo, no llegó a salir porque sintió una mano que la sujetaba con firmeza por antebrazo y la detenía en el proceso de buscar estar a solas con sus pensamientos para intentar tachar de su mente otra nueva metedura de pata delante del hombre que podría haberse convertido en su jefe.
—¿Por qué ha venido?
—¿Perdón?
Rhea ladeó el rostro para poder mirarle con atención a los ojos. Él se había quitado las gafas con las que le había visto con anterioridad, mostrando demasiado claramente una mirada que se la estaba incrustrando en la cabeza. Algo que no era buena idea para nada.
—Que por qué ha venido. —el tono del señor Park parecía tranquilo, pero había algo en esa forma de hablar y en su postura que hablaba de una enorme pantera a punto de saltar. Sobre ella. —Y vestida de esta manera. —se movió ligeramente hacia ella. —¿Pensaba que de esa manera cambiaría de idea sobre quién es mejor para trabajar con nosotros?
Rhea se sintió insultada. En un movimiento rápido y brusco se soltó de la mano que la sujetaba y se movió hasta que quedó frente a frente a aquel hombre que le estaba comenzando a sacar de sus casillas.
—Si eso es lo que piensa, por favor, cambie de informantes. —dijo con tranquilidad. —Vine por mostrarme amable y por una invitación de la serpiente que usted va a meter en su casa. —estaba hablando prácticamente sin pensar, seguramente más tarde se arrepentiría de lo que estaba diciendo. —Espero que le vayan perfectamente sus negocios con él y que la fusión salga como ha querido. Ahora, si me disculpa, me retiro… —apretó los labios con firmeza durante un momento. —La cena no me ha sentado bien. Seguro que encuentra alguna excusa para nuestros acompañantes.
Sin más, se dirigió hacia la salida de los baños evitando mirar hacia atrás y perdiéndose la nueva sonrisa que se había producido en los labios de él. Estaba enfadada, cabreada y necesitaba salir de allí. En cuanto estuvo en la puerta del hotel cogió un taxi que la llevó directamente a casa. Una vez en su apartamento, cuando miró de nuevo el móvil, se encontró con que tenía varias llamadas perdidas y mensajes de Alexis.
Sin embargo no estaba de humor para contestar. Ya le vería el lunes en el trabajo.
~*~*~
El lunes llegó a trabajar a su hora de costumbre: primero que el resto de las personas de las oficinas. Era algo que había comenzado a hacer cuando apenas era una becaria y que mantenía porque de esa manera le permitía ir empezando poco a poco. Lo primero que hizo fue prepararse un café que se llevó a su despacho y lo segundo encender el ordenador. Mirar los correos que habían ido llegando, observar los avances de los proyectos que se encontraban bajo su supervisión y echar un vistazo a la prensa era algo que hacía todas las mañanas mientras iba tomando el café sorbo a sorbo.
La mañana avanzó de manera habitual, aderezada por los nervios que la supuesta notificación sobre quién sería el encargado de la fusión y que tendría que mudarse a Seúl provocaba. Sabía que muchos de sus compañeros estaban mirando hacia Alexis para el puesto. Todos sabían que había pasado mucho más tiempo con el señor Park y sus compañeros que lo que había hecho ella, aunque en un primer momento aquel trabajo fuera más suyo que del rubio.
A las once, pudo escuchar los primeros indicios de revuelo. Era la hora habitual de descanso, muchos para tomar un café, otros para aprovechar media hora libre. Aunque la hora de comida fuera de una a dos. Mucho más tarde que en otras empresas. Rhea, sin embargo, ni se preocupó en moverse. Sabía de sobra lo que había pasado. Él tendría el puesto y ella seguiría anclada allí durante los próximos meses o años hasta que volviera a surgir otra oportunidad.
Se encontraba escribiendo un informe cuando la puerta de su despacho se abrió de par en par y después se cerró de un portazo. Alzó la mirada entonces para encontrarse con un Alexis que había perdido por completo los papeles. Solo lo recordaba así en dos ocasiones y no era el mejor de los espectáculos. Pudo ver cómo se acercaba a los ventanales de cristal que daban a la sala de oficinas donde se encontraban los escritorios del resto de los empleados que se encontraban bajo su supervivión, para cerrar las persianas y de esa manera aislarlos.
—¿Se puede saber qué cojones has dicho al maldito coreano ese?
Rhea se quedó mirándole con tranquilidad aunque su corazón latía a mil por hora, sabiendo que en ese estado él podía reaccionar de cualquier forma. Se mantuvo sentada aunque estaba dispuesta a saltar de su asiento en cuanto viera que se acercaba demasiado.
—¿A qué te refieres?
—¡No me lo ha dado! ¡Todo porque se lo ha pensado mejor después de una conversación que tuvo con la “señorita Callahan”! —la exclamación provocó una nueva miríada de escalofríos en la espalda de Rhea, sobre todo porque Alexis se acercó hasta la puerta apoyándose en el escritorio de madera e inclinándose hacia delante. —Ni siquiera ha tenido cojones de venir él, ha sido uno de sus secretarios o lo que fueran esos gilipollas que le iban lamiendo el culo a cada paso que daba.
—No tengo ni idea de qué es lo que estás diciendo, así que cálmate.
—Estoy muy calmado, Rhea, pero ambos sabemos que has tenido que ver en esto. —el tono era suave, demasiado tranquilo, y la mujer sabía que esa era la peor faceta del hombre cuando estaba realmente enfadado como era el caso. —¿Te acostaste con él? ¿por eso desapareciste el sábado y no me has contestado las llamadas? ¿por eso el señor Park prácticamente me echó del hotel?
—Me estás insultando. —dijo la mujer con tranquilidad mientras miraba al rubio y maldecía al señor Park por lo que fuera que hubiera pensado, hecho y dicho. —Que eso sea algo que harías tú, no significa que yo caiga en trucos tan bajos.
—¿Entonces qué demonios le has dicho y cuándo? —gritó entonces Alexis, yéndose al traste la apariencia tranquila que tenía hasta hacía unos minutos. —¡Te han dado el maldito puesto a tí! ¡A tí! —repitió como si le sorprendiera. —¡Cuando estaba claro que no te consideraba lo suficiente preparada para algo ello!
Rhea se impacientó y se incorporó. Más tarde analizaría lo que implicaba las palabras del hombre. En esos momentos solo quería que se fuera. Tratar con Alexis de esa manera no era la mejor idea. Lo sabía perfectamente.
—Agradecería que salieras de mi despacho.
—No pienso irme a ningún sitio hasta que me digas qué demonios les has dicho a esos malditos ojos rasgados para que te cojan a tí en vez de a mí. —golpeó la mesa con fuerza y después la aferró por los brazos. —Porque… no te creo, estoy seguro de que todo esto es algo que ha manipulado esa mente perversa tuya. —siseó demasiado cerca de su rostro.
—Suéltame antes de que grite. —dijo la mujer, forcejeando intentando librarse del hombre. El golpe en la puerta fue lo que hizo que al final la mujer se liberara y diera un paso hacia atrás. —¿Sí? Pase.
Una mujer joven, su secretaria, se asomó con cierto toque de duda en la mirada.
—Señorita Callahan… le llaman desde el despacho del Presidente.
—Dígale que voy ahora mismo.
Se movió lo justo para apagar el ordenador, tomar su chaqueta y ponérsela, cogiendo el bolso de camino a la puerta dejando a Alexis en su despacho intentando recuperar la compostura.
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