Para aquel entonces las manos de ella ya buscaban con ansia el cuerpo del hombre, o más bien su ropa, para despojarle de ella lo más rápido posible. Las manos descendieron hasta sus pantalones, hasta su cinturón, comenzando a aflojar ambos lo suficiente como para que una mano juguetona se colara bajo ellas buscando la dureza que comenzaba a forjarse allí.
Y el tampoco se quedó atrás. Los dedos, de tacto áspero pero agradable, acariciaron su piel, hicieron círculos sobre ella y fueron ascendiendo muy lentamente hacia la prenda de ropa intima que cubría dos pechos sugerentes que se alzaban y descendían rápido a causa de la agitada respiración de la mujer.
Anne alzó un poco la espalda para que él accediera a desabrochar el sujetador y por eso, cuando Jin Hyuk llegó a hacerlo, sus pechos se presionaron contra el fuerte torso del hombre como queriendo rasgarle con la dureza de los pezones. Pero eso no duró demasiado: el hombre se deshizo de la prenda lanzándola a un lado y descendió sobre el cuerpo de ella para que sus labios se apoderaran de ellos. Por primera vez la mujer dejó escapar un gemido de placer.
La lengua de él, que había adivinado sabía ya con los besos, hacía círculos alrededor de los pezones, golpeandolos luego con la puntita hasta hacerla creer a ella a punto de perder el conocimiento. Y eso que acababan de empezar.
Pero Anne no era de las que se quedaban paradas, al contrario. Disfrutaba más del sexo cuando veía que su pareja también lo hacía. Es por eso que sus dedos, una vez había encontrado el hueco necesario, rodearon el miembro masculino comenzando a acariciarlo lentamente, aunque con ganas.
En ese momento ninguno de los dos dijo nada pero los gemidos de ambos, los suspiros de placer, llenaban por completo la habitación. No tardaron demasiado en quedar completamente desnudos, libres de la incómoda ropa que les impedía amarse como era debido.
El cuerpo de él era mucho más hermoso sin ropa. Parecía perfectamente cincelado, pero tenía aquí y allá cicatrices que ella relacionó sin pensarlo demasiado con su trabajo. Tenía también un tatuaje en el omóplato, el cual ella apenas había llegado a ver bien cuando se adelantó para morderle el cuello una vez más. Sin embargo si pudo darse cuenta de que era algo muy semejante a una runa, de estilo oriental no obstante, que ella fue incapaz de descifrar.
Tampoco estaba centrada en aquello, no cuando los fuertes brazos del hombre separaron sus piernas colocándolas a ambos lados de la cintura de él. Ella captó sus pensamientos y le rodeó por completo con sus piernas largas y hermosamente torneadas.
Lo siguiente fue sentir los sexos de ambos juntos, húmedo el de ella y palpitante el de el. Los ojos verdes de la mujer se alzaron hasta encontrarse con los del hombre. No necesitaron hablar para que ella le diera su consentimiento, y lo siguiente fue sentirle de una sola y lenta vez en su interior. Los ojos de ella se cerraron y el rostro se torció en una expresión de placer que hizo sentir al hombre completamente... orgulloso. Se notaba que ella estaba disfrutando, y más cuando comenzó el movimiento de las caderas, entrando y saliendo de ella, y las uñas de la mujer se clavaron delicadamente en su espalda.
Cuanto duraron en aquella postura ninguno de los dos podría decirlo. Los movimientos del hombre se veían acompañados por los de la cintura del hombre, ambos se acompasaban a la perfección dándoles cada vez más y más placer. Eran rápidos y también profundos, y no tardaron en hacer que ella alcanzar el éxtasis, clavando los dientes en el cuello de él.
Aquello fue doloroso, pero también placentero, y si ella le hubiera mirado a los ojos en aquel entonces casi hubiera podido jurar que estos, de normal de un negro intenso, se habían tornado de color verde.
Las grandes manos de Jin Hyuk descendieron hasta tomarla de las nalgas, los fuertes brazos se tensaron para alzarla y ponerse en pie, colocando la espalda de ella contra el frío cristal de la habitación. La diferencia de temperaturas entre su cuerpo, que parecía a punto de derretirse, y el frío de la ventana, la hicieron estremecer. Pero lo que hizo que sus gemidos de placer se convirtieran en gritos es que, en esa postura, todo se sentía con más intensidad.
Jin Hyuk era fuerte, muy fuerte, tanto que la estaba manejando a su antojo asegurándose sin embargo de que ella disfrutara tanto como lo estaba haciendo el. Una palabra, del uno o del otro, habría roto sin duda el ambiente que rodeaba a aquella locura... quizás por eso ella no tardó en besarle, en morderle el labio inferior mientras seguía moviéndose sobre él y aferrándose a su cuello.
Las respiraciones de ambos chocaban, los gemidos de placer se juntaban... ambos crecían a medida que crecía el placer de los dos y al final, cuando los ojos de ambos se encontraron y el placer de ambos llegó a su culmen... un largo gemido de él, un grito de ella... y el silencio. La respiración de ambos acelerada, el sudor recorriendo sus cuerpos, la mano de ella agarrando el cabello empapado de él para acercarle y besarle nuevamente... y así acabó todo por aquel día.
El viaje a Corea era largo, pero se hizo más largo aún por la incomodidad de la situación tras lo ocurrido la noche pasada. No es que ella se arrepintiera de eso ( y esperaba que el tampoco lo hiciese) sino que la relación se había vuelto un tanto extraña. Pero aquello no podía seguir así, menos cuando tendrían que estar mucho tiempo juntos en el futuro.
-Escucha....
-Lo de anoche....
Los dos habían hablado a la vez, los dos sonrieron al darse cuenta de que le habían quitado las palabras de la boca el uno al otro. Ella hizo un gesto de la mano para dejarle hablar, en esas ocasiones siempre era mejor esperar a ver lo que opinaba la otra persona antes que meter la pata uno mismo.
-Lo de anoche ha estado genial pero...- contestó el hombre sin saber muy bien que decir, no estaba acostumbrado a hablar de esas cosas, cosas que normalmente no hacía con todo el mundo y además en su país no eran tan abiertos como en América.
-No puede volver a pasar... por tu trabajo, porque estoy involucrada en el caso en el que estás trabajando y porque cuando todo se resuelva yo tendré que volver a mi casa... lo se, tranquilo. No hace falta que hablemos más de ello.
-De acuerdo -contestó él sonriendo durante unos segundos para después adoptar la expresión seria que solía tener.
Sin saber muy bien por qué ella sintió una punzada en el estómago y la necesidad extrema de llamar a sus amigas. Todo había sucedido muy rápido y apenas sí había tenido tiempo de charlar con ellas pero...¿Les contaría aquello?¿Les parecería mala idea que fuera a vivir con un tío al que apenas conocía y que con el que,por otra parte, se había acostado?
De todos modos ese “de acuerdo” no le había gustado demasiado...¿Por qué? No lo sabía, hacía ya mucho tiempo que no quería complicaciones con ese tipo de cosas pero por otra parte le hubiera gustado que mostrara un poco más de interés por ella. No importaba, el sexo era el sexo y tenía que metérselo en la cabeza.
Al llegar a Corea él había tenido tan solo el tiempo justo para mostrarle la casa, dejar las maletas e irse corriendo al trabajo donde al parecer se le estaban acumulando las cosas. Ella estaba sola, siquiera se había traído a Anubis aún, porque no le había dado tiempo y porque no sabía cuánto tiempo se quedaría allí.
Sin embargo la idea de recorrer las calles de la ciudad caminando, de perderse entre los puestos de comida y las tiendas o de disfrutar de la multitud de jardines se le hacía realmente apetecible, por eso había decidido salir a caminar aquel día.
En realidad el cambio de aires se agradecía bastante. Vancouver, pese a ser una ciudad bastante grande, se le había quedado pequeña. Seoul sin embargo era una metrópolis donde podías encontrar cualquier cosa que quisieras, incluso donde lo natural y lo histórico convivían junto con los edificios más actuales.
Perdida en examinar uno de esos edificios en pleno Gangnam estaba ella cuando, de pronto, se chocó con alguien. El movimiento obligado fue hacer una reverencia para disculparse, una reverencia que aquel chico no imitó a pesar de ser más o menos norma obligada.
-Lo siento- dijo ella con la esperanza de que, entonces si, también se disculpara.
-Es igual- contestó él apresuradamente.
Genial, había ido a encontrarse con el único coreano en el mundo que no tenía buenos modales. Le miró con curiosidad mientras él se recolocaba la mochila que llevaba a los hombros. Fue solo cuestión de unos instantes, pero cuando el hombre alzó la mirada se encontró directamente con la de ella...y esos ojos...aún escondidos detrás de unas gafas de montura gruesa...esos ojos....
La mirada de aquel hombre que había encontrado en el lago la traspasó por completo. A pesar de que uno de los lados de su pelo, más largo que el resto, cubría su ojo izquierdo, los ojos profundamente negros resultaban ser muy penetrantes. Por alguna razón se sintió incómoda y deseó salir de allí lo más rápido posible.
-¿Quien es usted? -Preguntó sin más sacándola de su ensimismamiento.
Hae Ahn no pudo evitar sonrojarse entonces y apartar la mirada hacia las cristalinas aguas de aquel riachuelo. No estaba bien que una mujer pasara tiempo a solas con un hombre, pero si su madre se hubiera enterado de que además aquel hombre estaba desnudo de cintura para arriba se hubiera llevado las manos a la cabeza y la habria encerrado hasta que fuera demasiado anciana como para sentir algún tipo de atracción por los hombres.
-Mi nombre es Kang Hae Ahn... Lamento molestarle, solo paseaba por aquí.
-¿Sola? -Preguntó el hombre sorprendido- Es igual. Sois la hija del escribano real...¿No es así?
En muchas ocasiones había maldecido ella que su nombre fuera tan conocido, era precisamente lo que la llevaba a casa con el transcurso de no demasiado tiempo cuando se escapaba. Sin embargo aquel hombre no se había presentado y, como bien le había dicho su padre, no le convenía fiarse de nadie, por lo que no tenía que responder de forma sincera, siquiera responder. Era un poco tarde porque ya le había dicho su nombre, pero en realidad tampoco importaba demasiado.
-Soy Hae Ahn- respondió ella en un tono de voz que parecía dar por zanjada la discusión.
Aquello le hizo gracia al hombre que torció los labios en una sonrisa sincera. Entonces ella volvió a examinarle con curiosidad, no con deseo, sino con preocupación por la herida del costado que seguía sangrando. En realidad a pesar del tono canela de su piel el desconocido se estaba quedando pálido por momentos.
-Se como curar esas heridas...puedo ayudarle, si me lo permite.
-También yo sé curarme.
-Si supiera ya lo habría hecho, no estaría desangrándose - señaló ella sin moverse del lugar donde estaba- y si pudiera ir a uno de los médicos de la ciudad no estaría sentado aquí. No se si es porque está demasiado débil para caminar o porque sería una situación incómoda... pero eso es indistinto, si no quiere morir por la falta de sangre tendrá que dejar que le ayude.
Los ojos del hombre volvieron a fijarse en ella que, en aquella ocasión, consiguió mantenerle la mirada no sin sentir como su corazón se aceleraba notablemente. Algo en aquel hombre le decia que podia terminar con ella de un simple golpe de querer pero, al mismo tiempo, también algo en su interior la hacían sentir tranquila y resguardada.
-No me queda más remedio que dejarla entonces.
Pero la sonrisa de su rostro se había borrado a pesar de que la indicó que se acercara con un gesto de la mano. Ella alzó un poco la falda de su hanbok para no pisársela y caminó hacia donde estaba él lentamente, agachándose a su lado de cuclillas después. Se vio obligada a pedirle permiso para tocarle, y una vez recibió este, a contener el temblor de sus manos para hacerlo.
La herida era profunda y desde luego estaba causada por un arma blanca.
-¿Tiene aguja e hilo? -preguntó en un susurro.
-En la bolsa.
Se refería a un pequeño zurrón de tela que había en el suelo junto a ambos, el cual ella tomó para buscar los útiles que necesitaba sin preocuparse demasiado por el resto de cosas que había alli pese a su curiosidad. En aquella ocasión cuanto menos supiera, en menos líos se metería.
-Te va a doler... no tengo nada para dormir la zona...
-He pasado por cosas peores, créeme- señaló el hombre.
Ella asintió. Las manos de Hae Ahn eran pequeñas y acostumbradas a trabajos minuciosos a causa de la escritura. Sin embargo los conocimientos de curación le nacían por la necesidad de curar a su hermano, quien había preferido el arte de la guerra al de las letras. No le importaba, cuanto más sabías del mundo más útil eras, y aquella era una muestra clara.
El hombre no se quejó en todo el proceso, ni cuando le limpió la herida con el frío agua del río, ni cuando la aguja atravesó su piel para coser la herida. Si aquello fue a causa de la destreza de ella o de que el hombre estaba acostumbrado al dolor no lo supo, pero gracias a eso no tardó demasiado tiempo en acabar.
Una vez cerrada y limpia la herida no había más que vendarla, pero en mitad de la naturaleza aquello era algo de lo que no disponían. Sin decir nada ella desabrochó de sus ropas el largo pañuelo que utilizaba para decorar la cintura y fue lo que utilizó para vendarle.
-No debería haber hecho eso, seguramente le ha costado una fortuna.
-El dinero no es lo importante, ni ahora ni nunca...tómelo como un regalo.
-Entonces estaré en deuda con usted, no me gusta estar en deuda con las personas- respondió él con un tono de voz que dejaba claro que aquello no se trataba de ninguna broma.
Ella hubiera podido liberarle de aquella carga, pero en cualquier caso no creía que fueran a verse nunca más. Con el paso del tiempo y según se acercaba el momento en que se vería obligada a contraer matrimonio le quedaban menos posibilidades de salir al mundo exterior.
-Quizás encuentre el modo de devolvérmelo -dijo sin saber muy bien por qué.


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