Tras la comida con Anne y Sohra lo cierto es que estaba mucho más relajada. Le había sentado bien estar un par de horas con sus amigas mientras se ponían al día de lo que les había ido sucediendo en las últimas semanas. Era una especie de catarsis que le gustaba hacer en buena compañía. Una manera de demostrarse a sí misma que seguía siendo una chica de 26 años y no una persona llena de obligaciones.
A las tres de la tarde estaba ya en su despacho, con el maletín a un lado, la chaqueta en el respaldo de la silla y tecleando como loca. Tenía que terminar de revisar el informe de la reunión que iba a tener apenas un par de horas más tarde. Tan atenta estaba que por un momento no escuchó el timbre insistente del teléfono que le sacó de su concentración. Alargó la mano y descolgó.
—Callahan.
—Rhea, soy McIan. —al escuchar la voz masculina de su inmediato superior la mujer se puso por completo en tensión. —Tienes una reunión esta tarde, ¿verdad?
—Así es. —miró su reloj de muñeca e hizo cuentas. —En una hora y media.
—Se ha adelantado. El señor Park ha llegado antes y le gustaría reunirse contigo en media hora. La sala ya está preparada. No hay ningún problema, ¿verdad?
—Emm. —se quedó mirando durante unos instantes la pantalla que tenía delante, donde se encontraba el informe, la información del señor Park, de la empresa. Un trabajo que había tenido que preparar en apenas unos días porque no le habían dado más tiempo. —Sí, por supuesto señor, está todo preparado.
—Bien, entonces buena suerte.
Cuando escuchó el sonido de la línea cortándose al otro lado, Rhea estuvo a punto de maldecir. En realidad lo hizo, en varios idiomas, algunos seguramente ya muertos y que conocía en parte gracias a su madre y a su mejor amiga. Odiaba cuando le cambiaban los planes de esa manera. Odiaba terriblemente esas faltas de cortesía que ella consideraba fundamentales.
Hizo una revisión de última hora rápida. No soportaba esa sensación de hacer las cosas a última hora. Ni le gustaban tampoco los imprevistos. Le ponían francamente nerviosa. Cuando abandonó su despacho, no estaba del mejor humor. Todo lo que había conseguido con la reunión para comer, se había ido al traste en cinco minutos.
Además el dolor de cabeza comenzaba a ir cada vez a peor. Apretó los labios con fuerza y recorrió el camino hasta la sala de reuniones. La oficina era un lugar repleto de vida a todas horas. Sobre todo en su zona. Se encargaba sobre todo del tema de contabilidad y muchas veces trabajaba con el departamento de ventas internacionales.
Sin embargo, este era un motivo completamente diferente. Le habían dado un trabajo de verdad importante. Al llegar pudo ver a Alexis Blackstone. Era su compañero desde que habían entrado a trabajar en la empresa. E incluso se habían conocido en la universidad. Su relación con él había sido tormentosa, en todos los sentidos de la vida.
—¿Estás lista? —preguntó el hombre, que llevaba el cabello rubio un poco más largo de lo normal y que le miró directamente a los ojos.
—Siempre lo estoy.
Notó cómo el hombre ponía su mano en la parte baja de su espalda y no pudo evitar tensarse al notar la calidez que desprendía. Una calidez que conocía muy bien. Se movió ligeramente más rápido, entrando en la sala primero que él, sin poder llegar a ver la sonrisa del hombre. Una sonrisa que sin embargo no pasó por alto para uno de los tres hombres que se encontraban ya en el interior. Rhea se quedó por un momento en la entrada, antes de componer una sonrisa que no era otra que la que solía usar para los negocios: una de esas sonrisas artificiales que no llegaban para nada a sus ojos.
La sala estaba decorada con sencillez, pero se notaba la calidad de la enorme mesa redonda de roble y de los sillones de cuero que se encontraban a su alrededor. La firma para la que trabajaba Rhea era una de las pioneras en su campo. Con esa seguridad se dirigió hacia donde se encontraban los tres hombres de ojos rasgados que se encontraban en las sillas de cabecera.
—Buenas tardes. —comenzó con tono tranquilo, la sonrisa y estirando su mano derecha. —Mi nombre es Rhea Callahan, la responsable de explicarles nuestro proyecto y el procedimiento de la fusión.
El hombre más alto, que llevaba unas gafas y un traje que rápidamente catalogó como de alta costura, miró la mano que estaba estirada hacia él, pero la ignoró por completo. La impresión de los ojos oscuros en la mujer fue demoledora. Por un momento estuvo a punto de tropezarse con sus propios pies y olvidarse de la sonrisa que tenía que adornar sus labios. Fue solo durante un instante, pero su ceño se frunció y sus labios se apretaron en una línea fina de contrariedad.
—Sé quién es. —dijo el hombre, en perfecto inglés aunque con un acento que provocó que se estremeciera durante un segundo. Quizá fuera por la frialdad de la voz.
Respiró hondo. Intentando recuperar toda la paciencia que parecía que ese día había desaparecido. Y decidida, se acercó hasta el ordenador para poner la presentación dejando que Alexis se encargara de lidiar con los desconocidos. De fondo podía escuchar la conversación aunque en realidad no le estaba haciendo caso. Su compañero estaba explicándoles un poco por encima de qué se iba a tratar la reunión, quiénes eran ellos dos. Rhea podía imaginarse que los orientales ya habían hecho los deberes.
Las luces se apagaron entonces y Rhea se acercó al atril con el mando que le permitiría ir pasando la presentación con tranquilidad. Delante de ella apoyó la tablet donde tenía el guión y esperó a que todos se acomodaran para comenzar a hablar. Si estaba nerviosa antes de ponerse a explicarlo poco a poco fue templando los nervios. Era una presentación no muy larga, pero que mostraba los puntos principales.
Durante toda la presentación, sin embargo, notó un cosquilleo en la nuca. Sabía que tenía de vez en cuando las miradas del resto de personas en la sala sobre ella, pero había una de ellas que le ponía especialmente nerviosa. Una que no se separó de su figura en los veinte minutos que duró la explicación.
La del señor Park.
Cuando las luces se encendieron y miró en esa dirección se encontró al hombre centrado en los papeles que tenía delante, lo que hizo que se preguntara si no habían sido sólo imaginaciones suyas.
—¿Tienen alguna pregunta? —dijo por fin cuando se separó del atril para acercarse a la mesa sentándose junto a Alexis con los tres hombres delante de ellos.
—¿Es usted la responsable? —preguntó al final el mismo hombre del principio, el señor Park, sin alzar la mirada de los papeles que tenía enfrente.
—Así es, pero me imaginaba que eso ya lo sabía. —contestó Rhea, provocando que Alexis le diera un ligero codazo. —Estoy segura de que nos ha investigado de la misma manera que nosotros lo hemos hecho con ustedes.
—En efecto, aunque por alguna razón me imaginé que era un poco más… mayor de lo que es en realidad. —alzó la mirada y la clavó en la mujer. —Sus datos eran un poco confusos.
—Soy de la opinión de que los datos personales no deben influir en nuestra vida profesional. —en vez de callarse, aunque Alexis lo intentaba por todos los medios buscando que los coreanos no se dieran cuenta, Rhea continuó hablando. —¿Tiene alguna duda sobre mi vida profesional?
—En realidad... —el hombre se echó hacia atrás provocando que Rhea sin proponérselo se fijara en los labios de él antes de subir la mirada hacia sus ojos. — No estamos muy seguros de que sea capaz de llevar a cabo esta tarea.
Rhea sintió que la furia que había estado conteniendo durante todo el día comenzaba a burbujear con más fuerza. Sintió la mano de Alexis en su rodilla y en vez de tranquilizarla eso hizo que Rhea se moviera con firmeza, apartándole, aunque no se incorporó por muchas ganas que tuviera.
—¿Y cuál es la razón? —preguntó con tranquilidad.
—¿Realmente hace falta que se lo diga? —preguntó el señor Park. —Si conoce un poco de nuestra empresa sabrá también el perfil que estamos buscando.
—La señorita Callahan es perfectamente capaz para este trabajo. —intervino Alexis, dedicando una sonrisa a Rhea que hizo que ella apretara un puño debajo de la mesa. —Y se ha estado preparando para esta oportunidad. Estoy seguro de que desempeñaría sus funciones con corrección y que no tendría ningún tipo de problemas con ella.
—No dudo que sería capaz de acomodarse. —el coreano siguió hablando tranquilamente, echándose hacia delante. —¿Pero sería capaz de dejar absolutamente todo para acompañarnos a Seúl?
El silencio se instaló en la habitación durante unos instantes. Rhea miró al hombre que tenía delante de sí y que la miraba fijamente. Pudo ver con claridad que pensaba que se echaría atrás por esa información. ¿Sería capaz de dejar todo? ¿De dejar a sus amigas? ¿a su madre? ¿La ciudad en la que prácticamente había vivido toda su vida? ¿Sería capaz de hacerlo por seguir un sueño? ¿por cumplir con algo que quizá no saldría hacia delante?
—Si me pregunta eso, es que sus informaciones no han sido todo lo exhaustivas que deberían. —la chica apretó con fuerza los labios y su barbilla se alzó ligeramente. —Cuando me pongo con algo no soy de las que lo dejan a mitad. Y menos por algo tan nimio como cambiarse de país.
Fue entonces cuando los labios de Park se curvaron en una lenta sonrisa que hizo que Rhea se estremeciera de arriba abajo. Algo le decía que había caído precisamente en la trampa que le habían ido trazando a su alrededor, como si fuera una tela de araña.
—Aun así, ya le diremos nuestra decisión final. —Park apartó la mirada entonces de la mujer para fijarla en Alexis que se encontraba sentado a su lado. — Seguro que hay personas que están igual de calificadas y que harían un buen trabajo.
Rhea apretó tan fuerte la tela del pantalón que estaba convencida de que tenía los nudillos blancos. Sabía que Alexis deseaba aquel puesto. En cierta manera era como promocionarse aunque se tuviera que ir de Vancouver. El encargado final de la fusión se mantendría en un puesto de dirección y aumentaría de categoría. La sonrisa que dedicó al otro hombre hizo que Rhea pudiera leer con claridad en los pensamientos del hombre.
—Por supuesto.
El señor Park, junto con sus otros dos hombres que no habían dicho nada, se incorporaron entonces provocando que Rhea y Alexis hicieran lo mismo. La mujer tomó la tablet mientras observaba cómo con elegantes movimientos se acercaban hasta donde se encontraban ellos para detenerse.
—Mañana conocerán nuestra respuesta. —Park posó su mirada en la de Rhea y esta entrecerró por un momento los ojos. —Ha sido una reunión… muy productiva.
La forma en la que pronunció esas palabras consiguió volver a tensar a la mujer. Había algo en la manera en la que lo había dicho que molestó a Rhea. Seguramente si hubiera estado más tranquila hubiera sido de otra manera, pero en esos momentos no pensaba de forma racional. El dolor de cabeza había aumentado de forma exponencial. Apretó los labios con rapidez, pero aun así inclinó el rostro en señal de saludo.
—Espero que disfruten de su estancia en Vancouver.
—Por supuesto. —el señor Park dejó entrever una media sonrisa que le hizo preguntarse qué era lo que cruzaba por su cabeza. —Siempre hay tiempo para un poco de turismo una vez que terminemos el trabajo.
Tras hacer una ligera inclinación de cabeza, el grupo de los tres coreanos salió de la habitación dejando a Alexis y a Rhea a solas. La mujer se quedó quieta escuchando cómo se iban alejando los pasos por el pasillo y entonces se giró a mirar al hombre que se encontraba a su lado.
—¿Serías capaz de hacerme esto?
—No es nada personal, Rhea, son negocios y sabes perfectamente que no desaprovecharía una oportunidad profesional como esta.
—No sé por qué me sorprende, si sé perfectamente la clase de serpiente que eres.
Rhea tenía un problema y es que por regla general decía las cosas tal cual las pensaba. Se apartó entonces del hombre para dirigirse hacia la puerta, pero no consiguió llegar hasta ella. Una mano sujetó de su brazo y tiró hacia atrás, haciendo que se chocara con el cuerpo masculino.
—Hace no mucho estabas encantada… —susurró haciendo que su aliento rozara la sensible piel de su cuello. —¿Acaso tenemos que seguir así?
—Alexis. —el tono de Rhea era frío al decir el nombre de su acompañante. —¿Cuántas veces tengo que decirte que lo que tuvimos es cosa del pasado?
—Eso es lo que tú piensas.
Sentir las manos de Alexis en su cintura fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Rhea por ese día. En un movimiento rápido se soltó, tras clavarle el tacón de los zapatos que llevaba en los de diseñador que vestía él. La exclamación de dolor y la maldición que le siguió fue suficiente para hacer que una sonrisa de venganza apareciera en sus labios.
Salió con rapidez de la sala, sin mirar hacia atrás, y se dirigió hacia su despacho. Necesitaba aclararse las ideas y tomarse algo para el dolor de cabeza que cada vez era más persistente. La reunión, el cruce de palabras con el señor Park y los últimos acontecimientos con Alexis la tenían completamente desgastada.
Cerró la puerta tras su espalda y dejó escapar un suspiro de alivio al encontrarse en un lugar más o menos privado. Necesitaba desestresarse de alguna manera aunque no tenía muy claro cómo hacerlo, ni dónde, ni cuándo. Su primera intención era la de llamar a alguna de sus amigas, pero se contuvo. Seguramente tendrían mejores cosas que hacer.
Al final se decidió por lo único que podía hacer: centrarse en el trabajo. Con esa idea se puso a revisar la reunión, a tomar notas de la conversación que habían tenido. Y a intentar no pensar en la pregunta que rondaba en su cabeza una y otra vez.
¿Sería capaz de dejar todo para irse a otra ciudad? ¿Lo haría por la ambición? ¿Por promocionarse en un mejor puesto? ¿Abandonaría a sus mejores amigas en el camino? ¿Sería capaz de adaptarse a una ciudad completamente diferente donde no conocía a absolutamente nadie?
Sabía que el simple hecho de plantearse todo aquello quería decir que era una posibilidad clara. Y se dio cuenta, también, que lo que más la ataba a Vancouver no era su trabajo actual o su casa recién comprada o su madre. No, lo que más le ataba eran sus amigas.

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