La fría noche inundaba el bosque, el helado y húmedo viento se colaba en mi garganta. A pesar de no haber nadie junto a mí, todo a mi alrededor era una sinfonía lúgubre.
Desmonté de mi caballo para buscar un sitio en el que guarecernos. La lluvia estaba próxima. Caminando a tientas, sin más luz que la que emanaba la luna, del mismo color que la plata, miraba fijamente donde plantaba los pies.
Era una extraña en esta tierra, no había nadie que se pareciese a mi. Ni siquiera yo sabía cómo había llegado hasta aquí.
En medio del bosque, una tenue luz titilaba en el horizonte. Intrigada, me acercaba despacio, sosteniendo con fuerza la correa de Dahaka, que podía sentir como él también estaba nervioso.
-Shhh, tranquilo, no pasa nada. -le susurré para que se calmase.
Seguí acercándome a la luz, cual insecto, me encontraba totalmente hipnotizada por la luz, que cuanto más me acercaba, más atractiva me parecía.
A unos diez pasos, pude divisar que aquella luz no era más que una fogata. Sin pensarlo, me paré en seco, pensando en quién podía estar allí, en quien había dejado un fuego sin dueño...
No era capaz de controlar mi cuerpo, ni siquiera las ramas que se enganchaban con fuerza en mi negra capa podían detener mi suave pero firme paso.
Soltando la correa de Dahaka, extendí una mano en dirección al fuego, totalmente hipnotizada por las llamas seguía acercándome, a penas sin pestañear, no estaba lo suficientemente cerca, pero ya notaba como el calor se hacía eco de mi presencia y me rodeaba con su cálida flama.
A un palmo de las llamas, me detuve, mirando al fuego sin pestañear, penetrando en mi el fuerte olor a madera quemada.
De repente, el viento se levantó raudo y violento, desatando mi cabello, que quedó libre y moviéndose como si tuviera vida propia, como si junto al poderoso viento me advirtieran de que debía alejarme de allí. Pero no podía.
De pronto, Algo sujetó mi muñeca firmemente, alejándome de la hoguera y de las dulces y sutiles palabras que canturreaba. Cuando la tuve lejos de mi, salí del trance, y mi primer movimiento fue mirar que me sostenía.
-Niña, el fuego es peligroso, no deberías acercarte tanto a él si no sabes jugar.-Le miré fijamente, con el pelo negro como el ébano y ojos del color de la madera de roble.
-¿Qué...que ha pasado?-dije titubeante, mientras buscaba a Dahaka con la mirada.
-Te he salvado...-dijo con una pincelada de picardía en su voz.-¿De donde has salido?, ¿eres un dios?.
-¿Un dios?...ah claro...-por supuesto, cómo no iba a pensarlo. Aquí no hay nadie como yo.
-No, no pareces venir de los cielos, ya había oído hablar de la gente como tu. Piel de algodón, ojos de tormenta y pelo de oro.
Mientras hablábamos, algo se estremeció entre la maleza. Él frunció el ceño, y rápido se apresuró a decirme, -Viajas con el dios del tiempo, cabalga sobre él y no desmontes hasta que Joseon cambie de nombre.
-¿Como?...no te entiendo.
-¡Rápido!, sube al caballo.
-¿Cómo podré reconocerte?,-dije antes de partir.
-Volverás a este lugar a buscarme. ¡Corre!, ¡márchate!.
En un abrir y cerrar de ojos todo se volvió oscuro, no podía ver absolutamente nada. El miedo que me embargaba hacía que Dahaka se moviera perdido. Una voz tronó en el negro bosque, Dahaka empezó a galopar, no podía frenarlo, desoía mis órdenes. La voz cada vez estaba más cerca, cada vez notaba más el calor sofocante de su presencia. No podía enfrentarme a ello, no podía ver nada.
-¡Dahaka!, ¡detente!.
El caballo frenó en seco, saliendo disparada por encima de sus crines.
Un grito hizo retumbar la habitación.
El corazón me latía desbocado, y mi frente estaba empapada de sudor. Jadeaba intentando recuperar el aliento.
-Otra pesadilla...-dije entrecortadamente. No era la primera vez que tenía una pesadilla, pero era la primera vez en la vida que sentía pánico aún despierta. -Ahg...¿qué demonios ha sido eso?, tengo que dejar de leer novela negra o acabaré como una regadera.
Me apresure a revisar mi teléfono, Las chicas no me habían llamado todavía.

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