jueves, 10 de octubre de 2013

Introducción Anne

Año 1447 d.C. Gobierno del Rey Sejong, cuarto monarca de la dinastía Joseon. Seoul, capital del reino.


Ahn dejó descansar el pincel con cuidado a un lado del papel donde se encontraba pintando.


Aquel día hacía calor, demasiado calor como para estar a gusto incluso en esa habitación de madera, junto a la ventana abierta que daba directamente al pequeño lago cercano a la construcción. La brisa hacía pequeñas olas sobre el agua pero no era capaz de recoger ni el más mínimo resquicio de frescor como pasaba en otras épocas.


La chica, de unos 17 años de edad, sacó un pañuelo de seda fina de la manga de su hanbok y lo utilizó para frenar el recorrido de una gota de sudor que, desde su frente, amenazaba con estropear el trabajo de caligrafía que estaba realizando.





Hae Ahn, a quien sus padres habían llamado así con la esperanza de controlar un espíritu que se había mostrado impetuoso desde que naciera,(Hae Ahn significa mar de la calma)estaba cansada de estar encerrada. Quería a su hermano, pero a causa de la incompetencia de éste con la caligrafía y la escritura, le había tocado a ella en suerte realizar todos sus trabajos.  Para colmo esto debía llevarse a cabo en el más estricto secreto, pues no estaba bien visto que una mujer se dedicara a tales quehaceres por mucho que fuera ella quien había heredado las artes de su padre, escribano real.


Ella amaba la caligrafía y la escritura, y respetaba al Rey Sejong por haber impulsado el uso del hangul por encima de lo heredado de Yuan, con quienes habían estado peleados durante mucho tiempo. Sin embargo no entendía el lugar que se dejaba a mujeres como ella, superiores a los hombres en algunos aspectos, de cuidar de la casa y los niños. No lo entendía y desde luego no lo compartía.


Para empezar, si sus padres no querían que se dedicara a aquello, su padre no debía haberla enseñado. Había podido más, en aquel entonces, el deseo por la transmisión de los conocimientos que el sentido común. O eso gustaba de decir su madre bastante a menudo.


Cuando la joven escuchó a lo lejos a uno de los guardias de palacio tañendo la campana de bronce que señalaba la hora, se dio cuenta de que era la tercera vez que aquello se repetía desde que había comenzado el trabajo. Demasiado tiempo desperdiciado en una tarde como aquella, demasiado tiempa encerrada con aquel calor asfixiante.


Intentando que la seda del hanbok hiciera el menor ruido posible se puso en pie y, no después de frotarse las piernas doloridas de permanecer tanto tiempo sentada, se aproximo a la puerta de la habitación. Las yemas de los dedos se posaron sobre el papel de la misma y la empujaron a un lado, lo suficiente para que ella pudiera mirar primero entre la ranura, y después asomar la cabeza para ver si había alguien o no.


Vía libre.


Aquella ventana que simbolizaba la libertad en aquel momento se encontraba tan solo a tres pies del suelo. No era la primera vez que saltaba por allí escapando de unas obligaciones que no le gustaban, y aquella no sería la última.


Cuando sintió la tierra húmeda bajo la hierba corrió apartándose de la entrada principal y encaminándose a un lugar que había descubierto hacía casi un año, un hueco en la muralla cubierto de madreselva.


El caminito de tierra que apenas era visible por la vegetación sería seguramente culpa del trasiego constante de ella, pero conducía hasta una de las solitarias orillas del Río Han. Por suerte la casa de sus padres era de reciente construcción y estaba bastante alejada del centro de la ciudad, y en aquella zona pocos la molestaban.


Aquel día sería la excepción que confirmaba la norma.


Lo primero que le llamó la atención mientras seguía la senda, río arriba, hasta su lugar favorito en el mismo, es que las normalmente transparentes aguas se teñían de escarlata en algunas zonas, como si alguien dejara caer gotas de tinta aquí y allá.


Lo segundo que le llamó la atención es que había un joven sentado junto la orilla, en la misma roca donde ella solía permanecer siempre. Un joven que tenía el torso descubierto mostrando una herida bastante profunda en el costado, lo cual seguramente explicaba las ropas ensangrentadas que descansaban a un lado junto a él.


Lo tercero... es que aquel hombre era extraordinariamente hermoso.  Por pudicia debiera haber apartado la mirada, pero era el primer hombre que veía así. No pudo evitar preguntarse si con cualquier otro le hubiera pasado igual...La piel canela, la espalda fuerte, los brazos hermosamente torneados...



HOLA! SOY YO! TU TELÉFONO! TIENES UNA LLAMADA!!!




Anne se despertó de pronto y acertó a duras penas a coger el móvil que se encontraba encima de la desordenada mesa, y responder.


-¿Si? No...claro que está terminado el artículo...te lo envié anoche... Míralo...


La medio italiana se pasó la mano por el rostro intentando desperezarse y recolocarse las gafas torcidas. Nuevamente se había quedado dormida sobre los folios donde estaba escribiendo,con el ordenador a un lado.


-Claro,todo lo que me pedisteis está revisado. Si, si necesitas cualquier cosa más...dímelo.


Y sin más colgó aquel aparato del demonio que parecía creado única y exclusivamente para fastidiarla. Y es que Anne no era muy amiga de la tecnología, de hecho, aunque escribía para una importante revista de historia, seguía haciéndolo con la pluma y pasándolo después al ordenador. Lo prefería así.


-Maldito editor... no hay ni un solo día que tenga este sueño que me deje seguir adelante -rezongó para sí misma y para su gato mientras juntaba ambas manos,estirándose.


El reloj de su teléfono marcaba las ocho y media de la mañana, para una persona que vivía más de noche que de día demasiado pronto. Se había ocupado de hacer el trabajo la noche pasada con la intención de dormir, pero se la habían destrozado de un plumazo.


Encendió el ordenador y dejó una lista de reproducción puesta, música animada para relajarse y el facebook de fondo por si sus amigas querían algo, y así mismo se dedicó a prepararse un desayuno consistente en una gran taza de café, simplemente.


Había quedado unas horas más tarde con las chicas, y mejor, tenía muchas ganas de contarlas ese sueño que no hacía más que repetirse una y otra vez,siempre sin llegar a terminar. ¿Qué significaba aquello?


Anne se quitó las enormes gafas vintage y se miró al espejo. Sus ojos, su parte preferida de su cuerpo por ser de un color verde esmeralda muy  intenso, estaban rodeados por unas grandes ojeras que le hacían parecer prácticamente un oso panda. ¿Cómo serían los ojos del hombre del sueño? Apenas sí había llegado a ver su perfil, que ya era mucho pero... poco más. Era perfecto.


Y ella sin embargo era una de las personas más descuidadas que conocía. Era elegante vistiendo, quizás porque heredaba el estilo del antiguo Hollywood mezclado con algún toque étnico de países de aquí y allá, y en ocasiones uno tirando más hacia el gótico... pero si un hombre la hubiera visto en ese momento habría salido corriendo sin dudarlo.

Tocaba arreglarse para ir donde las chicas pues, a pesar de que aún era pronto no le gustaba llegar tarde y, antes de todo,tenía que hacer algunos recados por la ciudad.


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