Caía la noche en la Villa y Corte, aunque dijeran que en el Imperio Español nunca se ponía el sol. Era el momento en el que lo peor de la sociedad aparecía en escena: truhanes y malhechores, matarifes y valentones. Las sombras se iban alargando al tiempo que las canciones desentonadas, algunas más propias de tabernas portuarias que de la capital del reino, que hablaban de los encantos de mujeres de dudosa reputación, se iban extendiendo por las callejuelas. Junto con los espadachines madrileños, había un buen número de hombres procedentes de los tercios que acababan de llegar después de una de las múltiples escaramuzas en alguno de los innombrables territorios del Imperio.
La figura esbozada caminaba con un ritmo marcado por el sonido de las suelas de las botas contra los adoquines, el de la capa rozando contra sus ropas y el tintineo del florete que colgaba de su cadera. No era muy alto, y muchos podrían considerarlo incluso un niño, cubriendo su testa con un sombrero de ala ancha que mantenía su rostro en un juego de sombras.
Pasó por las callejuelas desde provenía el olor a alcohol: ese vino rancio que se vertía en los gaznates como si de agua se tratara y que provocaba trifulcas donde todo el mundo sabía que se podría ganar algo de dinero. Al cruzarse con un grupo de cuatro hombres les saludó con una inclinación de cabeza y dos dedos rozando el ala del sombrero, pero no se detuvo ni siquiera cuando le llamaron para hablar sobre algún tema que no le interesaba o, quizá, para que les acompañara a tomar algo de licor para calentar los huesos.
Y lo cierto es que hacía frío. Un frío seco, eso sí, que no dejaba de colarse entre la ropa ligeramente raída. Sabía que le esperaba una habitación pequeña, donde el brasero no terminaría de calentar la estancia lo suficiente. Quizá por esa razón prefería estar en las calles: allí por lo menos podría moverse y mientras estuviera moviéndose el frío no aparecería del todo.
Podría haber cogido una botella de vino o de cualquier otro alcohol que le calentara en las horas nocturnas, pero no le gustaba perder el control de sus sentidos. Al entrar en uno de los cantones que unían dos calles principales se frotó ligeramente los brazos. Quizá lo que necesitara fuera una buena pelea, puede que con alguno de los matarifes italianos o con alguno de los soldados de los tercios. Sin embargo, no sacaba la toledana si no era por razones monetarias: era la única norma que se había mantenido en todos aquellos años y que no pensaba romper por nada ni por nadie.
El honor estaba descartado, al menos tal y como muchos le consideraban en aquel lugar. El honor no había salvado ni a su padre ni a sus hermanos. El honor no le daba de comer, ni permitiría sacar hacia delante a su hermana más pequeña en tierras de la Montaña con unos tíos que pedían, y seguían pidiendo como si tuviera todos los ducados del mundo.
Al respirar un ligero vaho salía de sus labios, formando una neblina delante de su rostro. Pronto la oscuridad del cantón se arremolinó a su alrededor y desapareció en ella como si no hubiera existido nunca, dejando atrás el sonido amortiguado de las conversaciones y de una guitarra que se había comenzado a tañir en alguna puerta de las tabernas.
Únicamente dio un par de pasos antes de que por instinto desvainara la espada en un movimiento fluido y la alzara, justo a tiempo para bloquear un ataque que si no hubiera hecho ese movimiento seguramente hubiera hecho que perdiera algo más que el sombrero. En el movimiento se había echado hacia atrás, golpeándose en el hombro contra la pared provocando un pequeño gemido de dolor. Sus ojos se estaban adecuando a la oscuridad, lo suficiente como para poder ver una sombra alta y el nuevo resplandor del acero.
Una vez más las espadas chocaron entre sí con fuerza, haciendo que el impacto le dejara adormecida por un momento la muñeca y parte del antebrazo. Una nueva finta, un quiebro hacia la izquierda para después atacar a la derecha. Pronto sus miembros comenzaron a entrar en calor. Su mente procesaba la información mientras se movía, esquivando y atacando apenas.
Y analizaba. La espada, por ejemplo, no era un florete, sino que era de una forma extraña que la diferenciaba de cualquier cosa que hubiera visto hasta el momento. Lo mismo sucedía con la técnica que el desconocido estaba utilizando. Siempre había pensado que sus fuertes eran la agilidad y la rapidez, pero se había sorprendido cuando fuera quien fuera, había conseguido frenar algunos de sus ataques.
—¡Quién os manda! —gritó entonces, cuando consiguió trabar la espada con la suya y durante unos segundos consiguió poner a su atacante contra la pared.
No hubo respuesta, pero pudo notar un instante de duda antes de que le empujaran hacia atrás golpeándose con fuerza contra la pared contraria. No se podía decir que hubiera mucho espacio para poder tener un digno duelo a espada. Como Dios mandaba. No era extraño que hubiera trifulcas con espada en aquella zona de la Villa por lo que si alguien lo estaba viendo, simplemente habría desviado su atención considerándolo algún ajuste de cuentas.
Siguieron en un tira y afloja, mientras que los pies se movían como si estuvieran bailando y las espadas eran las que hablaban, durante unos cuantos minutos más. Sabía que tenía que salir de allí antes de que le cortaran el camino por completo, pero cada vez que lo intentaba el desconocido le frenaba. Y no quería morir de aquella manera, en un callejón cubierto de basuras e inmundicia, donde seguramente habría ratas.
Había pocas cosas que odiara mucho más que esos roedores.
Notó entonces un silbido y entonces el impacto de un proyectil en el hombro. ¿Acaso no estaban solos? ¿Acaso era algún tipo de emboscada? Una maldición que hubiera puesto cano al más bravo de los marineros salió de sus labios con fiereza y miró entonces hacia la entrada del callejón donde tres figuras se recortaron. Tres figuras que se adentraron con rapidez para meterse en la reyerta.
El pensamiento de que no iba a salir de aquel lugar aquella noche se deslizó por su cerebro un instante antes de que se diera cuenta de que se encontraba luchando hombro con hombro con el desconocido que antes le había atacado. Por alguna razón que no comprendía todavía, les habían atacado a los dos. Sentía el brazo izquierdo inservible y cómo la sangre cálida se iba deslizando desde su hombro, allí donde se había incrustrado el proyectil, hasta los dedos de su mano.
Menos mal que la técnica de esgrima española era la mayoría de las ocasiones con una sola mano, el cuerpo ligeramente ladeado. Tenían que salir de allí. A pesar de que el movimiento provocó que sintiera un dolor como si le hubieran atravesado con cientos de agujas, alzó la mano izquierda para desatarse la capa y en un movimiento rápido la lanzó contra su atacantes, provocando que la estela de la capa les cegara durante uno segundos: los suficientes como para poder alcanzar a su oponente que se llevó la mano al abdomen donde la sangre comenzó a empapar sus ropas y cayó de rodillas.
En otro movimiento, hizo que finalmente cayera muerto al suelo al tiempo que se agachaba para tirar del borde de la capa y recogerla… Aunque en esos momentos sólo podía pensar en salir de allí lo antes posible.
No tuvo tiempo en pensar antes de que una mano sujetara su brazo, tirando para alejarle de allí. Los otros dos hombres estaban también muertos. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras corría saliendo de aquel lugar para ir atravesando calles, callejuelas y callejones muy parecidos a donde se había producido el altercado.
Lo irónico de la situación era que en esos momentos seguía a la misma persona que le había atacado en primer lugar. Sentía cómo le dolía el brazo por donde le sujetaba, el izquierdo, que era el mismo que sujetaba la capa. ¿Cuánto estuvieron corriendo? No lo supo, pero de pronto se vio contra una pared al tiempo que el cuerpo del desconocido se pegaba prácticamente al suyo y una mano se posaba en su boca para ahogar cualquier tipo de comentario.
Su corazón latió con rapidez mientras que olía una mezcla de olor masculino y algo más que no supo muy bien qué era. Y entonces, cuando estuvo a punto de golpearlo para que se separara pudo escuchar los pasos rápidos que se acercaban. Como si fueran dos estatuas en las sombras, ambos vestidos de negro, se fundieron con la oscuridad quizá rezando mentalmente porque, fueran los que fueran, pasaran cuanto antes mejor.
Fue entonces cuando se escuchó un tímido “clic”, ese sonido que hace una gota cuando cae en una superficie líquida. Y lo siguiente que vio fueron unos ojos rasgados antes de que la oscuridad que les había mantenido ocultos fuera lo único que podía ver…
…. después… la nada.
Se despertó en la cama, empapada en sudor y con un sabor metálico en la boca. Un dolor punzante en su hombro hizo que dejara escapar un pequeño gemido antes de llevar la mano hasta su hombro como si espera encontrar allí algo, una herida quizá. Un sudor frío recorría sus sienes y su espalda. Y tenía la boca tan seca que si se levantó fue porque necesitaba urgentemente ir a por un vaso de agua.
El maldito sueño se había repetido de nuevo y era tan jodidamente real que hubiera jurado que lo había vivido. Su mente más racional le indicó que seguramente era la escena de alguna película que había visto. Su parte emotiva le susurró que no era la primera vez que soñaba con algo por el estilo. Acalló a ambas mientras bebía un vaso de agua y después otro. Tenía los labios secos y cuando los recorrió se dio cuenta de que el sabor metálico que había saboreado antes seguramente era producto de un corte que tenía en el interior. ¿Se habría estado mordiendo los labios durante toda la noche?
La alarma del teléfono la tomó por sorpresa durante un instante, pero rápidamente se puso en movimiento. Los movimientos eran mecánicos y mostraban que eran una rutina. En el mismo instante en que salió por la puerta de su casa, se olvidó de sueños y extrañas sensaciones. tenía un día ajetreado que incluía una comida con dos de sus mejores amigas. Al menos podría desconectar un poco del día a día.
Dejando el bolso y la cazadora en el asiento del copiloto, se movió hasta la parte del conductor y apenas unos segundos más tarde se encontraba en dirección hacia su trabajo.
Solo esperaba que el día pasara lo más rápido posible.

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