Después de todo lo ocurrido Hae Ahn se sentía realmente agobiada de regreso a casa. Aquel día además no podía escaparse porque, al parecer, tenían una reunión muy importante con el hijo de un magistrado de una de las provincias del Sur, quien había llegado a visitar al Rey. El por qué tenía que estar ella allí no lo sabía, pero tampoco era la primera vez que acudía a una de las reuniones de palacio.
Se miró al espejo cuando la costurera de la casa terminó de ajustarle el hanbok nuevo, que era de colores rosas... lo que faltaba. Lo que peor llevaba sin embargo era el tener que ponerse un velo. Aquello era como ocultarse a sí misma, ocultar su personalidad, ocultar su voz. Todo lo que podía hacer en aquellas situaciones era quedarse sentada, quieta, y sin hablar. No lo entendía...¿Para qué la querían allí?
Sin embargo y por respeto a su padre terminó poniéndose el dichoso velo que le cubría desde la nariz hasta abajo, al menos no toda la cara. Fue este quien, instantes después de eso, entró en la habitación de ella.
-¿Estás lista?
-Sí,padre- contestó ella intentando dar a su tono de voz un tono alegre, alegrándose de que al menos con eso en el rostro no se podían adivinar sus expresiones, siquiera la de desánimo que tenía en aquel momento.
Cuando salieron a la calle se mostró un día tan hermoso como el anterior, un día que ella tendría que perder con gente que no era de su agrado. El sol brillaba alto en el cielo mostrando que era mediodía y,aunque hacía calor, había una brisa que ayudaba a que este fuera realmente soportable.
Gyeongbokgung era un palacio impresionante. Grande, hermoso. Estaba fabricado en madera y piedra de colores intensos. Los tapices y las pinturas adornaban las paredes, pero también había otros muchos objetos, como jarrones de porcelana que llegaban desde las lejanas tierras del Norte, estatuillas y objetos de metales y piedras preciosas. La joven no dejaba de sentirse embriagada cada vez que llegaba allí.
El salón del trono a donde se encaminaron una vez habían hablado con los guardias no era más que una enorme habitación de techos muy altos sujetos por columnas de madera sin pintar. Al final de la misma se encontraba el trono del monarca, el cual estaba elevado sobre un pedestal y al cual se accedía subiendo cuatro escalones de madera. Detrás del mismo había dibujado un paisaje muy hermoso en tonos verdes y azules.
A ambas partes del pasillo que conducía hasta allí se encontraban las sillas de los miembros del consejo real, los encargados de ayudar al monarca a tomar decisiones. Detrás de estos se situaban algunos miembros de la guardia del palacio, los encargados de cuidar de la familia real.
-Ah, Yong Joon, tan puntual como siempre- dejó escapar el monarca al verle entrar.
El soldado que había a su lado hizo una reverencia y se apartó un poco mientras la chica y su padre se adelantaban hacia el trono, donde hicieron una reverencia especialmente profunda, esa que sólo podía dedicarse al soberano de la nación.
-Como su majestad ordenó -Contestó el padre de ella.
-Veo que también habéis traído a vuestra hija tal y como lo requerí- y los ojos del Rey se posaron sobre ella- Hacía mucho que no os veía Hae Ahn.
Sejong el Grande, el cuarto monarca de la Dinastía Joseon, era una persona de carácter calmo y compasivo. Por aquel entonces no era demasiado mayor y, si se le observaba bien, llegaba a ser realmente atractivo, con un rostro de líneas suaves aunque masculinas, y una voz profunda. Ahn había tenido la suerte de ser bastante cercana a él cuando, con ayuda de su padre, habían dado los primeros pasos en la construcción del hangul. Por aquel entocnes era una niña y el monarca aún más joven. Con las ocupaciones de ella como una señorita, había dejado de visitar el palacio.
-Lo lamento mi señor, mis deberes me llamaban- contestó haciendo una nueva reverencia- Más os agradezco inmensamente la oportunidad de estar aquí hoy.
-Por desgracia nuestros invitados no han aparecido aún, pero...¿Que os parece si paseamos por los jardines? Hace un día muy dado a ello.
-No podríamos rechazar vuestra oferta majestad- contestó el padre de ella.
Los países de aquel palacio también eran algo digno de ver. Estaban muy cuidados, olían a flores y a plantas medicinales. Se escuchaba el rumor de las fuentes aquí y allá, así como también de los riachuelos que atravesaban algunos lugares. Estatuas antiguas brotaban entre los árboles dejando que los cerezos posasen sus pétalos rosas sobre ellos.
Ae Ahn había estado tan atenta a todas estas maravillas que siquiera se dio cuenta del hombre que se había aproximado a ellos. Vestía una armadura de colores entre plateados y grises encima de unas ropas de una tonalidad azul oscura y se aproximó rápidamente al monarca sin hacer el menor ruido. Si bien sintio su presencia no se fijo demasiado en el, habia demasiadas cosas hermosas que ver en aquel día de primavera y después de todo el soberano se encontraba siempre rodeado de guardias.
-Ah, Ji Hoon, empezaba a preguntarme cuando te vería, llegó a mis oídos el rumor de que estabas herido.
-No es nada que deba preocuparos majestad, precisamente me he acercado a deciros que está todo bien y que lo que me ordenó la ultima vez está cumplido.
Pero aquella voz que había respondido a Sejong si le resultaba familiar, demasiado familiar de hecho. Los ojos de la chica se giraron buscando al propietario de la misma para encontrarse con, ni más ni menos, con el hombre con que se había topado herido el día anterior. Desde luego todo encajaba, el porte del hombre, su comportamiento. En ese momento volvió a agradecer que el velo cubriese su rostro y así no pudiese reconocerla. ¿Que ocurría si sabía quien era y desvelaba el encuentro del día anterior? ¿Que pensarían su padre y su rey de que hubiera estado sola con un hombre medio desnudo? Aquello no podía ser, desde luego. Fue por eso que cuando el hombre, a quien el Rey había llamado Ji Hoon, posó sus ojos sobre ella...la chiquilla apartó la mirada.
-¡Ah! Es cierto -dejó escapar Sejong como recordando algo de pronto- conoces a mi escribano... esta es su hija Ae Ahn, ha transcurrido largo tiempo desde que visitara el palacio por última vez, es por eso que seguramente no la conozcas- el es el capitán de mi guardia, Choi Ji Hoon.
El corazón de la chica comenzó a latir con fuerza en aquel momento pero aún contó con la fortaleza necesaria como para hacer una profunda reverencia. Aunque ella fuera la hija del escribano real aquel hombre a quien habia tratado con tanta "familiaridad" el día anterior merecía mucho más respeto que ella, después de todo la vida del monarca (y de todo el reino con el) estaba en sus manos. Si ella lo hubiera sabido antes desde luego su comportamiento hubiera sido completamente diferente. Esa desde luego era también la explicación de por qué sabía quien era ella con tan solo escuchar su nombre, aunque no se lo hubiera confirmado.
-Es un placer conocerla señorita- dijo haciendo también una reverencia y con una completa indiferencia.
No sabía si aquello la molestaba o la aliviaba. Por un lado si no la recordaba se librara por completo de cualquier problema pero, por otro...demonios...¡Ella había sido quien le había cuidado de la herida con la que había aparecido.
-El placer es mío- contestó ella finalmente volviendo a hacer a alguna reverencia y decidiendo, esta vez por enfado, no mirarle.
-Puedes acompañarnos en nuestro paseo si deseas Ji Hoon- le dijo Sejong antes de dirigirse de nuevo a la chica- Nuestro capitán es tan buen soldado que no deja un solo minuto para divertirse, siquiera con sus hombres, menos aún con las mujeres.
-Majestad...- intentó quejarse él siendo acallado por una mano del rey, con quien parecía tener una relación bastante estrecha.
-Cada persona es un mundo,majestad, quizás el encuentre sirviendoos lo que no encuentra en otros quehaceres o con otras personas. Si dedica su vida por completo a serviros y a servir a Joseon, debéis recompensaros y no cambiar su forma de ser.
-¡Ae Ahn!- Le riñó su nombre.
Sin embargo el propio Sejong dejó escapar una carcajada y Ji Hoon la examinó con curiosidad. La llamada de atención de su padre era comprensible pero sin embargo no compartida por ella. No era una normal que una mujer, menos una mujer tan joven, expresara sus opiniones de forma tan abierta y, menos aún, ante el monarca. Ella habia hablado con total respeto, pero sin embargo poca gente se atrevia a llevarle la contraria al soberano de Joseon, quien además era conocido por su sabiduría, aunque fuera en un tema tan vanal.
-No hay necesidad de castigar la sinceridad, mi amigo, pero mi querida señorita...No quiero que ninguno de mis subditos pierda su vida, de la forma que sea, solo por servirme. ¿Que sentido tendría? Un monarca debe vivir por y para las gentes que dependen de el.
-Sabe bien que no deseo más en mi vida que serviros, su majestad.
-Por ahora y... hasta que no conozcas nada nuevo- Contestó Sejong antes de comenzar a caminar nuevamente por el jardín.
En aquella ocasión nadie se atrevió a llevarle la contraria. El padre de ella comenzó a caminar para ponerse a su lado y no tardaron en sumirse en una discusión de asuntos de estado que trataban sobre la construcción de lo que sería el Salón de los venerables, donde se reunirían las mentes más prodigiosas del reino. Sejong era así, la cultura era realmente importante para él y por eso había querido que esta se incrementara dentro del reino. En aquellas ocasiones en que los dos hablaban no había que molestaros pues, como ella muy bien sabía, podían pasarse años dándole vuelta a sus cavilaciones. De hecho se habían adelantado unos metros al lugar donde estaban los dos jóvenes antes de que estos comenzaran andar.
-Por la forma en la que hablais no pense que estuvierais tan tranquila el dia que os encontrarais con vuestro futuro marido- dijo el mientras caminaba.
-¿perdón? -preguntó ella sorprendida.
Los ojos oscuros de aquel hombre se posaron en ella y entonces sonrió de medio lado sin decir nada por unos instantes. ¿Su futuro marido?¿El era su futuro marido?¿Por eso había dicho Sejong todo aquello sobre disfrutar de la vida? Aquello simplemente nopodíaa ser.
-¿No lo sabes? Las personas que han venido a verte, el magistrado y su hijo, lo han hecho para que hableis de los planes de matrimonio.
-¿Como sabes tu eso? -Preguntó ella cada vez más aterrada y usando el modo informal con el sin darse cuenta, lo cual creó otra sonrisa en los labios del hombre.
-Tenía la misión de acompañarlos hoy hasta aquí, su majestad me dijo el por qué -contestó como si aquello fuera lo más normal del mundo- de todos modos deberíais estar contenta, es el hijo de un magistrado, un buen partido, y diría también que es atractivo, pero lógicamente yo no puedo juzgar como una mujer.
Ella simplemente no sabia que tenia que decir ni cómo comportarse, ahora mismo tenía demasiadas cosas en la cabeza. ¿como podía su padre no haberle dicho nada? La habían llevado allí a traicion. Eso siempre y cuando él no la estuviera mintiendo, por supuesto. Pero algo en el interior de ella le decía que era verdad, sobre todo porque aquella invitación prematura se le había hecho realmente extraña desde el principio.
-Precisamente allí se acerca tu prometido- Dijo el hombre finalmente bajando la voz.
Era cierto. Justo en ese momento habían entrado en el jardín aunque por el lugar opuesto a donde se encontraban ellos el magistrado, al que ella recordaba haber visto en alguna que otra reunión, un hombre mayor y gesto tosco, y el que debía ser su hijo. Era curioso, pues el segundo no llevaba la ropa que pudiera esperarse de un hombre de su posición sino que vestía más bien ropajes de guerrero de colores blancos y negro.
Ji Hoon tenía razón, aquel hombre era muy bien parecido. Era alto y fuerte, lo cual podía apreciarse incluso a través de la ropa, y también era guapo. Sin embargo aquello no quería decir nada de su carácter, y de todos modos, aunque ambas cosas estuvieran bien, ella no tenía la más mínima intención de casarse sin estar enamorada.
La situación sin embargo era delicada. Sejong había intercedido en aquello y, aunque hubiera podido llevarle la contraria a su padre soportando un gran sufrimiento, no podía hacerle aquello a su monarca. El marcharse en aquel momento sólo hubiera empeorado las cosas, el quejarse delante de todos hubiera sido una ofensa para las dos familias y para el mismo Sejong. Por el momento no le quedaba otra que aceptar, quizás y con suerte el desconocido tampoco querría casarse, de todos modos no era lo que se decía una buena esposa, seguramente aquel trato hubiera empezado porque era la hija de una persona cercana a Sejong.
Caminaron hacia el grupo que no tardó demasiado realmente en reunirse.
-Oh, Ae Ahn...acércate, quiero presentarte -dejó escapar Sejong mientras aquellas dos personas desconocidas se giraban hacia ella.
En efecto, la chica terminó de aproximarse hasta donde se encontraban los dos, que se habían girado hacia ellos para mirarlos. Ji Hoon también caminaba junto a ella dejando que la espada tintineara al rozarse con su armadura en cada paso.
-Este es Kang Sang-Ook.... y su hijo Kang Wol Ryung.
Nuevamente saludos, respetos e inclinaciones de cabeza. Nuevamente ella volvió a agradecer llevar ese velo que tanto odiaba para que pudiera ocultar sus emociones, las cuales la invadían y no la dejaban pensar con claridad. En realidad, mil pensamientos fluían en su mente a la vez en ese momento y ninguno de ellos claro, pues no veía el modo de salir de allí sin hacer daño a nadie.
-Es un placer conocerla señorita- dejó escapar el hombre al que habían llamado Wol Ryung.
Los ojos verdes de ella se alzaron y le miró. Los de él...eran profundos y,por alguna extraña razón, familiares.


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